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sábado, 11 de diciembre de 2010

Personas Reales 1: ZAMBULLIDA

Zambullida dijo:

¿Qué tal, como título, "Relajado en el sofá con un turbante"? La primera tontería que me ha venido a la cabeza. Pero primero el mío, el de la escritora, que tras luchar denodadamente contra el mundo editorial y sus secuaces, consigue publicar. Por cierto, el 3 de enero tengo que abandonar el que es ahora mi hogar y ni sé dónde voy a parar, ¿en un refugio para los sin techo? Es mi vida real que es muy artística y novelesca. Sólo me falta una temporada en la cárcel. Todo se andará. Búscame un apartamento en New York ( me gusta el Village o sino Park Slope en Brooklyn) o una casa en los Hamptons o en Connecticut; soy chica de Costa Este. No le hago ascos tampoco a un apartamento en Roma, París o quizá a una casa en la Provenza. Tienes material de sobra.

Cuando uno no duerme, escribe muchas sandeces, ¿no?
...

EL ARTE DE LA GUERRA



Bien chica, lo haremos a mi manera.
Tengo varias posibilidades. Básicamente dos.
Escribir un cuento bonito, con final feliz, y que tú me digas: "¡Oh Driver, qué cuento tan bonito!", mis amigos escriban luego cosas preciosas, mi ego se infle como un globo para nada, monada, y no sirva para nada monada.
O decirte la verdad. Y abrir la posibilidad de que el cuento sirva para algo.
Soy un bruto albañil, con menos delicadeza que una bomba de mano. Y tú eres una chica que según leo en tu blog, escribes bien, y transmites la sensación de educación, delicadeza e introversión.
Y entonces me pregunto. ¿Qué carajo hace una chica delicada con una granada en las manos?
Pues yo te lo voy a decir.

Una chica como tú, con una granada en las manos, sólo puede hacer una cosa:
LA GUERRA.
...
En este segundo caso, tú te lo creerás porque es verdad.
Y podré escribir un cuento sin mentiras, que no será bonito, no tendrá un final feliz pero te dará una idea.
Y tal como están las cosas, chica, te aseguro que hoy en día hay gente que mataría por una idea.
Yo el primero.
...
Bien, una vez puestas las cartas sobre la mesa, te escribo un cuento.
O tal vez te lo escribas mejor tú a ti misma, dentro de poco.
Según lo veo, lo tienes fácil.
...

Érase que se era una chica de nombre Realidad. Rea para los amigos.
Le gustaba escribir, eso estaba bien.
No le publicaban ni en el BOE, en la sección de ciudadanos con deudas pendientes; y eso no le gustaba.
La cosa estaba chunga, pero el problema era concreto, localizado y verbalizable.
Tras una denodada, larga y cansina lucha, la industria editorial había mandado sus originales a la papelera.
Una estirada chica, con un máster en profanaciones lingüísticas, mileurista y eterna aspirante a amante del jefe, leyó su original y le puso un señal cruzada en la portada. Con un rotulador rojo. Fuera.
...

Rea estaba de visita en una "Residencia para PP. MM.", iba a ver a un conocido, mayor, muy mayor, tan mayor que no sabía si cuando acabara su visita se marcharía para siempre.
¡Eh!, que me he dado cuenta, que lo de la PP. MM. es una chorrada que significa personas mayores. ¡Pensaba decirlo!
Un asilo, vamos.

Mientras que Rea esperaba la hora de la visita para poder acompañar a su conocido, se entretuvo observando el damero de baldosas hidráulicas que solaban el patio central. Azules y blancas. Una combinación muy marina, vecina.



A las once de la mañana sonó un timbre, se abrió una cancela de fundición dúctil empujada por un robusto bedel y apareció el mundo tal cual es.

Un montón de ancianos, hechos una piltrafilla, así en general.
¡Joder, qué perspectiva!, ¡ganas te daban de salir corriendo y no parar hasta llegar al mar!, ¡menuda mierda nos espera, Contreras!
...
Rea acompañó a su conocido y se sentó con él en una banco del jardín. También pasearon.
Sosí, despacio.
Le acompañó durante una hora, más bien más que más bien menos. Charlaron plácidamente y se dejaron llevar por las manillas de un reloj invisible.
A la hora, entre el paseo y la charleta, el abuelo se cansó. Se despidieron y él se subió a su cuarto.
...
... . ... .
Rea se encaminó hacia la salida. Y allí fue donde la pilló Popeye El Marino.



-"Tendría un cigarrillo, señorita?"
Rea rebuscó en su bolso y sacó un par de caramelos de menta.
-"No fumo señor, ¿quiere un caramelo?".

La culpa de lo que sucedió a continuación, la tuvo la palabra "señor". A Popeye El Marino, esa palabra le abrió la caja de los truenos.

-"Gracias, chica, no me gustan. Te diré lo que haremos. ¿Ves a la masa humana que hay en la puerta? Es el cabroncete que nos impide salir y que vigila para que no nos deis tabaco. En la esquina con la calle de la derecha hay un bar, toma y me compras un Güinston".

Popeye El Marino le deslizó disimuladamente un billete de cinco pavos a Rea, con el mismo cuidado con el que un espía deposita un secreto militar en manos de un mensajero identificado por contraseña.

-"¿ Y qué puede hacer usted por mí?"- preguntó Rea-
- "Ja mía, si me hubieras hecho esa pregunta hace cuarenta años, me habrías hecho feliz. Pero hoy por hoy sólo puedo contarte historias de verdad".
- "¿Publicables?"

Popeye la miró a los ojos, y adivinando su imperiosa necesidad de una respuesta convincente, le aseguró:
- "Ni lo dude. He dado más de treinta veces la vuelta al mundo, y si algo sé es la diferencia entre algo de verdad y algo de mentira".
"Usted y yo estamos aquí. Eso es verdad. El tabaco está allí, cierto como la luz del día. Y las historias están aquí. Mire".

Popeye señaló a la treintena de ancianos que paseaban, algunos de ellos entretenidos en la ardua tarea de empujar guijarros con el pie y ver cómo ruedan.




...

Popeye y Rea se dieron la mano. Esa gesto se entendió por ambos como un contrato. Firmado y rubricado. Legal de los Dioses Divinos.
...

Durante las siguientes semanas, Rea visitó regularmente a Popeye. Le llevaba tabaco a escondidas. Y Popeye hablaba.
Mucho, con detalles, de forma ordenada. Era una puta máquina de vivencias. Un crack.



Si algún día andaba flojo de historias, le pedía algo en concreto a Rea, ella lo traía al día siguiente y Popeye largaba.



Por un pintalabios, consiguió la historia de una prostituta que se casó con un príncipe árabe.
Por una maqueta de avión para armar, una serie de viajes por los mares del sur.
Por una navaja suiza, la historia más escalofriante nunca contada de la batalla de Stalingrado. Detallada completamente, con fechas y esquemas de la ciudad. De lujo.
Por una pluma de colores, un relato de un amor imposible que acabó en trillizos, con un océano por medio.
Por una carta de despedida que un abuelo quiso escribir a sus hijos y que Rea se encargó de escuchar, escribir y enviar a Correos, la historia de un ventrílocuo que actuaba a principio de siglo en los transatlánticos de lujo.
Por escuchar una tarde a una pareja de abueletes, la historia de una familia asturiana que emigró a Argentina y explotó una
mina de Wolframio.
Por nada, porque se habían hecho amigos, la historia de Popeye cuando participó en la construcción de una estación polar en la Antártida.
Trabajando para los rusos.



...
Rea descubrió que algunas de las mejores historias que había escuchado nunca estaban allí.
Tras las muros de un asilo. En las mentes de personas sencillas, que no sabían mentir, que no tenían nada que perder, y a las que les sobraba todo el tiempo del mundo.
...
Así que se trazó un plan.
Sencillo de cojones.
Como el día tres la echaban de donde vivía, se buscó un curro nuevo: Animadora Social.
Hizo un cursillo de no se qué historia, le dieron unos papeles con el sello de no sé cual Ministerio y pasó a una bolsa de trabajo para algo de una Comunidad Autónoma.

El trabajo consistía básicamente en ir por la mañana a las Residencias de PP. MM., y dirigir cursos de animación a la lectura para los abueletes. Se trataba de hacerles mover un poco las neuronas con juegos de palabras, diálogos y cosas así.

Esto se tradujo en una intensa y estrecha vivencia con las mentes más privilegiadas del pais. Las que nunca mienten.

Los cuadernos de mano de Rea, se llenaron de notas, historias, relatos, anécdotas y confesiones; producto de horas de escucha.

Junto a su refinada técnica de escritura, tras hacer algunos borradores y muchas horas de trabajo, Rea reunió un conjunto de cuentos cuya alma estaba repleta de verdad.

...
Hace una semana, Popeye llamó a Rea. El cabrón tenía clase hasta para morirse.
Pasaron una última tarde juntos, descojonándose. Las anécdotas vividas con las historias de los abueletes, eran para mearse de las risas.
Cuando Rea se levantó para irse al trabajo, Popeye le dijo al oído a Rea, con una sonrisa socarrona.

-" ¿A que no sabes lo que significa lo de PP. MM. que hay en la puerta del asilo?
- "Personas mayores, Popeye, significa personas mayores".

Popeye se permitió coger cariñosamente la mano de Rea y apretarla fuerte.
Y le respondió, con un intenso brillo en los ojos.

-"No hija mía, no. Significa de puta madre. Que los que estamos aquí nos lo pasamos de puta madre".
...
Cuando Rea salío del asilo empezó a llover.
Tenía empapada la cara de lágrimas, y en esas circunstancias se agradece la lluvia.


...
Tal vez fuera una casualidad o tal vez no.
Pero el día en el que Popeye muríó, una mileurista, amante de su jefe y empleada de una editorial, puso una marca roja en el original que Rea había mandado.
Era una P grande, enorme, que parecía desprendida del cartel del asilo.
...
Su significado: PUBLICABLE.
...
Era un original lleno de historias reales.
Recogidas de las entrevistas con gente aguerrida, situada en primera línea de combate, que dominaban el arte más difícil de cuantos pensar se pueda.

El Arte de la Guerra.

2 comentarios:

  1. Oye, chico, a mí este relato tuyo me ha emocionado, en serio. De hecho, mis cuentos son poco fantasiosos; muy al contrario: están fuertemente asentados en la realidad, porque en ella está siempre lo más bello. Me has recordado, por cierto, a una pareja de ancianos a los que veo siempre pasear por el barrio y a los que siempre quiero coger por banda para acribillarles a preguntas. Sé que detrás de ellos hay una hermosa historia.

    Cuando leí, lo de PP.MM pensé, no sé por qué, en Padres Marianistas.

    Muchas gracias, Driver. Tu final ha sido precioso, más bonito que el mío.

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  2. Ya tienes escusa.
    Abórdalos y léeles el cuento, no tienes nada que perder y sí mucho que ganar.
    ...
    Y si sale mal el encuentro, por lo que sea; si de verdad tienes curiosidad, interés y ganas..., vete a una residencia, habla con la directora y charla con los ancianos.
    Seguro estoy que no te pondrán ninguna pega. Yo por mi trabajo estoy siempre por residencias, y me consta que deseando están que alguien les escuche.
    A mí me han contado historias increiblemente bellas, y siempre he salido con la sensación de enriquecimiento.
    ...
    Sigo con la historia del camionero y María.

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