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domingo, 27 de febrero de 2011

EL PADRINO 18: AMORES VOLCÁNICOS.






De cada cuatro personas que recogen chapapote, dos representan el cincuenta por ciento.
El veinticuatro de diciembre del 2.002, Juan Sánchez, mariscador y seguidor del Depor, se levantó a las cuatro y media de la mañana.
Se preparó un café muy cargado, cogió el cubasquero y una pala, y se dirigió a su Ría.
Si el año hubiese sido normal, por aquellas fechas estarían en plena faena.
Aquel año no había sido normal, y por aquellas fechas les habían hecho una faena.

De cada veinte toneladas de chapapote extraídas del mar, cinco representan un veinticinco por ciento.

Si Juan hubiese puesto atención a las noticias de aquellos días, si hubiera leído la prensa o hubiese escuchado las explicaciones de los políticos, Juan se habría cabreado profundamente; él no estaba en disposición de perder su atención. Necesitaba estar concentrado, absorto.

Tan temprano no había nadie.
"Mejor" -pensó-
Estuvo media hora concentrado hasta que salió el sol.
Una hermosa media hora que aprovechó intensamente en conseguir un profundo estado de paz.
La mente dentro de ti y mirando hacia dentro.

A las cinco treinta y ocho de la mañana, se descorrió el telón de aquel día de Navidad.
Cuando los primeros rayos del sol iluminaron su playa, la oscuridad dejó paso a una tenue claridad.
Y así, un día más se pudo ver la maldita maldición otra vez.
La playa que ayer estaba limpia, hoy estaba negra.

Juan se esforzó en no perder su estado de concentración, sabía que no lo podía perder en todo el día, sabía que cuando llegaran los militares y los voluntarios el bullicio le podía perturbar.
Así que bajó a su playa, empuñó su pala, miró al cielo con cierta complicidad difusa y empezó a palear.

Modulaba el ritmo para no agotarse . Necesitaba dosificar sus fuerzas. Precisaba trabajar ocho horas seguidas.
De cada cien paladas, veinticinco son una cuarta parte.

Entre el cielo y la playa, un hombre luchaba para no perder lo único que nadie le podía robar.
Aquello que le mantenía vivo. Su dignidad.

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El Gordo explicaba a Jovanni, el dueño del taller Stromboli, que las tetas de la Marta Sánchez erán tan inmensas como las cinco Copas de Europa que el Madrí había ganado.
“Inmensas, oceánicas”.
El italiano defendía su identidad nacional diciendo que la presencia de Sofía Loren en la historia del cine superaba con creces todo lo imaginable.
“Bella, bellísima”.
Aquellos dos hombres de la carretera estaban cimentando una futura y sólida amistad.
El Gordo miraba el reloj y se preguntaba dónde estarían sus compañeros de viaje.
“Dame una copita Jovanni, que estos pardillos no llegan”.

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El Driver y María estaban repostando en una gasolinera de la Texaco.
Tras unas horas de inquietante oscuridad mental, Driver seguía sin saber cómo decirle qué a María.
La llegada a la gasolinera le relajó. Aquel olor a goma quemada le era tan familiar, que al tropezarse con la bandera del gordo michelín, le saludó con entusiasmo.
“Salud, tío”.
María se dirigió al gasolinero.
“Lleno, por favor”.

La mujer que sabía tocar el piano preguntó por dónde se iba a Stromboli.
El hombre que dispensaba gasolina le explicó por dónde se iba a Strómboli.
Driver supo en ese momento que el tiempo se le acababa.

“Si una mujer coge la iniciativa, estás jodido”, le había dicho el Gordo en más de una ocasión.
“Date por jodido , Driver” – masculló para sí-.
“¿Qué dices? “– preguntó la mujer que amaba la música-.
“Nada, nada, que nos vamos a Strómboli” .
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Aquel pueblo italiano a la orilla del mar era blanco.
El mar que bañaba aquel pueblo blanco era muy azul.
Las piedras del volcán que estaba junto al pueblo blanco, era bañado por un azul muy de mar; eran piedras de un negro tan negro que reflejaban el blanco en el azul, y el azul en el blanco.

María y el Driver pasearon por el muelle, comieron en una taberna y se sentaron en un banco.

En la placita de aquel pueblo blanco de piedras negras, había una iglesia de color iglesia.
Junto a la iglesia del pueblo blanco había un parque de color parque.
En el parque del pueblo blanco con piedras negras había una niña amarilla.
La niña amarilla del pueblo bañado por un mar, de color muy de mar, se les acercó y les preguntó una pregunta de color inocente.
“ ¡Hola!, ¿sois novios?”.

María miró a la niña e imaginándose la cara de circunstancias que el Driver mantendría en ese momento, respondió a la niña:
“Sí, somos novios”.

La niña amarilla se marchó a jugar con su muñeca negra a la plaza del pueblo blanco.
Driver se sintió obligado a decir algo al respecto, pues aquella era la primera noticia que tenía sobre el estado de sus relaciones sentimentales.

El destino le echó una mano, y cuando estaba abriendo la boca para decir algo, aunque no sabía exactamente qué, un estruendoso estallido de campanas verdes rompió el silencio.
La plaza se empezó a llenar de parroquianos severos, de niños arreglados, de señoras de buen y mejor ver, de dos curas, de un vendedor de helados, de una pandilla de adolescentes y de dos familias que endomingadas esperaban a unos novios.
A los pocos minutos, siguiendo la más arraigada de las tradiciones, el novio llegó montado en una jaca.
Descabalgó y ató las riendas en el banco donde estaban sentados Driver y María.
Se aproximó a uno de los dos grupos de familiares, que apiñados en la escalinata, esperaban ver lo que ya tenían grabado en la mente de tanto desearlo.
El novio, vestido de negro con una especie de traje regional, se acercó al se supone sería su futuro suegro.
Sacó una navaja del bolsillo, se la entregó al padre de su futura, e inclinándose delante de él, le ofreció su cuello con una ligera inclinación de la cabeza.

El suegro abrió parsimoniosamente la navaja, miró al cielo, miró a su mujer, y reprimiendo el claro deseo de cortarle el gaznate a aquel mozuelo que le iba a robar a su hija, sintió que al menos durante unos segundos había tenido su vida en sus manos. Con eso se daba por satisfecho.

Guardó la navaja, abrazó al mozo y dejó que la fiesta continuara.

Dentro de la iglesia el cura ofició una corta ceremonia, ya que el padre de la novia, un antiguo brigadista de la Guerra Mundial, había negociado una duración máxima de veinte minutos.

“No piso una iglesia desde el 25 de marzo de 1944; tengo sólo una hija; le doy veinte minutos, ni uno más, Padre”.

El cura oficiaba a cuatro mil quinientas vueltas; si en un repecho de la ceremonia bajaba la velocidad, la mirada del padre de la novia le hacía meter tercera y subir a cinco mil setecientas, ya cerca de la marca roja.

Una vez acabada la ceremonia, la gente salió a la plaza y se dirigió a una pradera donde las mujeres de negro del pueblo blanco, habían preparado unas mesas con unos hules rojos.

Driver y María observaban desde el banco.

En un indeterminado momento de una alborotada algarabía, la novia se acercó a la pareja de forasteros del banco, les miró fijamente, se fijó en los confusos ojos del Driver, absorvió la cálida mirada de María, se acordó de cuando llegó a Milán y era una forastera; y como estaba contenta y feliz, se permitió hacer lo que le hubiera gustado que alguien hubiera hecho por ella. Tomó su ramillete de novia, se lo entregó a María con una dulce sonrisa, luego se quedo plantada delante del Driver, y entonces fue cuando ocurrió.

La novia blanca del pueblo blanco le apretó un fuerte guantazo a un forastero con pinta de camionero.
¡Zas!, un bofetón que despertaría al mismísimo Satanás.

Aquel golpe no aclaró para nada las ya de por sí confusas ideas de Driver, sino que más bien le cabreó, le cabreó profundamente.
María se quedó perpleja, el Driver estaba petrificado y cabreado a la vez.

El novio se dio cuenta del movimiento general que había protagonizado su actual señora, y no se sabe muy bien, si por solidaridad con ella, si motivado por las dos copas de vino siciliano que llevaba ya en el cuerpo, o simplemente porque María estaba como un queso; el caso es que se acercó a María y le apretó, así sin venir a cuento, delante de ciento ochenta invitados, a veintidos minutos de estar casado, y con un par, un enérgico y a la vez sensual beso en la boca.

Las mujeres de negro del pueblo blanco ni hablaban español, ni italiano, ni inglés ni ningún idioma comunitario. Maldita la falta que les hacía. Aquellas mujeres observaban los acontecimientos y reían, reían con la ingenua complaciencia con la que ríe una anciana con sangre latina.

El brigadista de la Guerra Mundial se acercó al Driver con la doble intención de evitar, por una parte, la más que probable reacción de aquel confuso forastero cuya novia acababa de ser públicamente morreada, y por otra hacerle comprender algo que parece ser era muy importante.
Para esa doble función se plantó delante de Driver, cogió un guijarro del suelo y de una forma convulsiva empezó a darse a sí mismo suaves golpes en la frente con el susodicho guijarro. A continuación acercaba el pedrusco a la frente del Driver, y presionándolo sin prisas pero sin pausas, lo frotaba en la frente de aquel muchacho del barrio de Los Angeles de San Rafael, con la sana intención de transmitirle un mensaje de gran trascendencia.

Por mucho que se esforzaba Driver, el mensaje no llegaba a su cerebro; así que se dejó llevar por los acontecimientos, se mezcló junto a María con el gentío, comieron, bebieron y bailaron .

Aquellos parroquianos de Strómboli les saludaban como si fueran paisanos suyos de toda la vida. Les felicitaban con la misma energía con la que felicitaban a los novios recién casados. Bebían y reían con ellos.

Los acontecimientos que siguieron a la fiesta son de imposible descripción, ya que entran directamente en la intimidad de nuestros protagonistas.

No seré yo el que se ponga a hablar de noches de vino y rosas; no estoy aquí tecleando para describir lo que pasa entre dos seres humanos cuando la vida se desboca. No, ése no soy yo.

Solo diré que Driver y María se encontraron desayunando al día siguiente en el único hotel que había en el pueblo, en compañía de los novios, y que Driver tenía una enorme resaca.

Una vez que los novios se despidieron, María se fijó que tanto Driver como ella llevaban en el cuello un hasta hoy extraño collar de piedras volcánicas.

María se dirigió al camionero:

“Driver: creo que esta gente nos ha casado por algún rito desconocido para mí”.
“María: ¿ no habremos firmado algo sin darnos cuenta?”
“Driver: yo no he firmado nada; de todas formas no me hace falta firmar nada. A mí me vale así”.

Driver se tocó la mejilla golpeada por la novia italiana, se frotó la frente raspada con el guijarro del brigadista, pensó que ya eran muchos golpes en tan poco tiempo y respondió a María:

“ María, a mí también me vale”.
...


Entre el cielo y la playa, un hombre luchaba para no perder lo único que nadie le podía robar.
Aquello que le mantenía vivo.
Su dignidad.


...

6 comentarios:

  1. ...hermano, lo del filo de la navaja acariciando el gaznate del novio me ha gustado. Creo sinceramente que puede ser una buena tradición que iniciemos con los pretendientes de nuestras menores... pobrecillos... que digo!... menudos sinverguenzas ¡como se atreven! mira que pretender manchar con sangre nuestras navajas...

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  2. Sí, estoy pensando publicar contigo un libro sobre las innumerables costumbres, aparentemente irracionales, que el ser humano usa como ritos y costumbres.
    El título sería "La navaja en el gaznate".
    Al tiempo.

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  3. ¿Sabes Paul...?
    No consigo coger el taco de billar como tú.

    Por más que me juego el dinero en interminables apuestas en bares cutres, por más que intento excrutar el alma de mis oponentes en las partidas, por más que intento imitar tu obstinación en hacer las carambolas seguidas...

    No consigo coger el taco de billar como tú.

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  4. Eso me recuerda a una partida de billar en Madrid, después de una fiesta de graduación, en la que una compañera llevaba falda mini. Y cuando digo mini es mini mini.
    Me tocó estar toda la partida(a petición suya) pegadico pegadico guardándole la retaguardia cada vez que tenía que utilizar el taco.

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  5. El destino te deparó una prueba digna de Dioses.
    El hombre, solo frente a la eternidad se desliza entre el fuego y el infierno.

    No quiero imaginarme las consecuencias terribles de esa jugada.

    Tal vez tocastes el cielo Paul.
    Tal vez no.

    Pero lo tuvistes cerca, entre carambolas.

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