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viernes, 25 de marzo de 2011

CAP 1: LA MÁQUINA




CAPITULO PRIMERO: LA MAQUINA.

-“¡Manolo acelera, que la máquina responde!”-
Eso es todo lo que Prudencio era capaz de recordar.
Después un interminable silencio.
Un pausado estar. Una nada.

Trató de incorporarse, pero su cuerpo no le respondía.
Desde aquellos matorrales de la nacional cuatro, lo único que se veía era un campo de trigo verde.
Trigo verde.

Decidió cerrar los ojos y dejarse llevar. Las fuerzas escasas. Trató de hacerse una composición de lugar.
Se tocó las piernas, allí estaban ambas las dos.
Los brazos, algo magullados, dos cruces, correcto.
La espalda ardía entre Valdepeñas y el otro pueblo, el otro pueblo que estaba después de Valdepeñas, que no me acuerdo.
Dolor.

No oía a Manolo, para nada.

Le llevaron al hospital provincial. Blanco Insalud.
Odiaba aquel olor a medicamento y gasas esterilizadas. La mezcla de tiempos estancados e informes ilegibles componen la atmósfera básica de los centros hospitalarios.
El tiempo no se mueve, los informes son ilegibles.
¿Poli qué?, politrauma, politransa, poliglucitos…

El gotelet del techo de la habitación del Pruden tenía tres mil cuatrocientos cuatro puntitos. Puntitos grandes y pequeños, agrupados por tamaño y disposición; estaban los puntitos rebeldes de las esquinas, los puntitos anónimos junto a las cortinas, una zona sin puntitos, y un par de montañitas de puntitos. Trató de imaginarse al pintor que hizo aquella chapuza de trabajo. Manolo acábate esa habitación pronto que hoy es viernes y nos vamos a la una. Vamos Manolo, no te duermas que vamos por metros. Y los puntitos salían de la máquina del gotelet a toda prisa, sin orden ni concierto.

Pruden no preguntaba. Mejor no preguntar.
Las íes del Insalud estaban en todas partes. Alguien se había comprado un completo juego de tampones de todos los tamaños, y se había pasado un mes entero tamponeándolo todo. Una sábana, ¡plás! una i grande. Una toalla, ¡plás! una i pequeña. Una pastilla de jabón, ¡plum! una micro i.
Nadie le quería decir nada, a nadie le pagaban lo suficiente para decirle a Pruden que el Manolo salió despedido de la moto y fue a parar contra el guardaraíl de chapa de acero galvanizado.
Ni casco, ni nada. Nada.
Los padres de Pruden fueron de visita.
-“ ¡Menuda suerte Pruden, menuda suerte que has tenido”-

Manolo salía a correr con el Pruden los miércoles y los viernes.
Vamos Pruden que nos vamos.
Bajaban por el parque del barrio. Subían por la avenida de Pí y Margall. Se dejaban rodar por las veredilllas. Y al final, para divertirse, las escaleras de la calle de curtidores, subiendo los peldaños de a dos, tipo Roqui Balboa. Menudo tío el Roqui Balboa.
- “¡Vamos Pruden, vamos, no te pares!”.

El fisio le puso al Pruden un collarín y varías muñequeras.
Los padres del Pruden se despidieron de los médicos con el respeto ancestral con el que un currante de toda la vida se despide de un médico de toda la vida. Gracias señor doctor. Gracias doctor. Y enfatizaban lo de doctor, igual, igualito que en la serie Centro Médico. Mamá corre que empieza la serie. Y la madre dejaba los cacharros en remojo y se ponía a ver la serie.
Mira, mira, los señores doctores.

Cuando llegaron a Madrid la grúa había dejado la máquina en el taller de Manolo.
Bueno, en el taller no, en la puerta del taller, porque el taller estaba cerrado.
Pruden se había pasado tres años y medio ahorrando para comprarse la Bultaco.
El Manolo le dijo que era una buena máquina. Que no te preocupes, que si un mes no puedes con la letra, yo te ayudo.

Esos eran amigos de verdad. Que un día te veían en la discoteca del barrio con unos de Coslada, vacilándole mal a tu hermana, y el Manolo que era bajito el tío, le echaba un par, y allí se iba y les decía mira tú que ésa es la hermana de mi amigo Pruden y tú eres un hijo de puta, y claro los de Coslada se mosqueban y le dejaron la cara al Manolo echa un guante.

Una curva, una simple curva y la Bultaco, el Manolo, el correr, el Roqui Balboa, la llave de bujías del taller de mi amigo y todo el mundo del Pruden, se resumíeron en un deforme conjunto de acero retorcido, donde lo único que no estaba retorcido era una pegatina del Atlético de Madrid, que con sus barras roji-blancas, perfectamente verticales, destacaban en el trágico conjunto deforme.

El Pruden hizo un par de llamadas. Al rato apareció un colega del barrio con una furgoneta, cargaron la chatarra y se la llevaron a la fundición en la carretera de Colmenar.
El cielo se había ido y en su lugar Aceralia había levantado una planta de reciclaje, donde las chatarras eran fundidas en un horno a mil ochocientos grados.
Pruden y su colega del barrio bajaron la Bultaco. Una grúa enorme la cargó en el contenedor. El conjunto de poleas lograron elevar el contenedor, sacarlo de la cinta transportadora, girarlo y volcar su contenido en el horno de la fundición.
El encargado de la oficina le dio al Pruden una hojita amarilla con una historia de algo de un Consejería que decía no sé qué de la política de reciclaje y de las Directivas Comunitarias armonizadas.
Así que el Pruden se volvió a casa, se dio una ducha fría para quitarse el calor de la fundición, guardó la hoja amarilla en un sobre blanco, donde escribió con un rotulador rojo: “La Máquina”; guardó el sobre en un cajón y se sentó a esperar delante de la ventana.

....

Aquel barrio periférico de Madrid estaba pintado de cemento.
Cada esquina había sido pintada con pintura al cemento. Cemento gris.
Era miércoles. Manolo no tardaría en llegar con su camiseta adidas comprada a un negro en el rastro.
“¡Mira Pruden, camiseta alemana, con esto se corre de cojones!”

Miércoles, día de carrera. Anochecía y Manolo no aparecía.

Las diez y media y mi amigo no llega.
Pruden esperó hasta las once menos cuarto, y entonces sólo entonces…

Rompió a llorar como un niño.


...

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