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lunes, 11 de abril de 2011

CAMINO AL INFIERNO I





CAMINO AL INFIERNO

"...desde que le llegaron noticias de su paradero, se mantenía andando. Caminaba por la pradera. Reptaba por la llanura. Avanzaba por el páramo.
Le dijeron que ella vivía en una lejana ciudad con puerto.
Se mantenía lo más erguido posible. Su pierna izquierda le fallaba algunos días.
Caminar. Caminar. Sólo pensaba en caminar, verla y decírselo..

...

Caminaba de noche. Solamente de noche.
Hasta el amanecer.
Sin parar un instante, ignorando el dolor de su pierna maltrecha.
Recorriendo caminos solitarios, evitaba encontrarse con nadie.
Si vislumbraba una luz que se acercaba, se escondía entre la maleza.
Si llegaba a sus oídos alguna voz humana, corría a refugiarse entre los árboles.

Caminaba de noche. Hasta el amanecer.
Cuando el sol comenzaba a despuntar en el horizonte buscaba un lugar recogido, un recóndito espacio que le permitiera descansar, oculto.
No podía correr el riesgo de ser descubierto.
No podía correr el riesgo de que alguien le viera.
No después de todo aquello.

...
Caminar. Caminar.
...

Su instinto le decía que quedaba poco tiempo.
Así que se dejó de medias tintas y caminó todo un día, toda una tarde, toda una noche.
Su pierna izquierda era un clamor. Le dolía cada vez más.
"¡Vamos, chico, vamos!"
...
Al atardecer llegó a la ciudad costera y se dirigió directamente al puerto.
Tenía que encontrarla, decirle lo que le tenía que decir.

Preguntó por ella en tabernas, comercios y navieras.
Alguien tenía que saber algo de ella.
¿Se habría casado?, ¿embarcaría para Europa?, ¿estaría enferma?.
Una chica tan bella como ella tenía que llamar la atención.
...

Su pierna izquierda le dolía cada vez más. El salto que dio en la tapia de la penitenciaría se la dejó magullada. Por eso le perseguían.

Era un prófugo del amor.
....

Nadie supo darle razón de su paradero. “Quizás viva en la parte alta de la ciudad” “Puede que se haya marchado de viaje".

La noche le encontró en el puerto. Cansado, sucio y solo.
Encontró refugio entre un montón de sogas enrolladas, cuerdas de amarre y trozos de vela que le sirvieron para descansar.

Tenía que encontrarla.
Tenía que decírselo.
Decirle que aquello lo hizo por ella.
Por salvarla.
Aunque fuera mentira. O aunque no fuera exactamente toda la verdad.

...

Se despertó con el movimiento ruidoso de los estibadores que acudían a la faena.
Apenas amanecía.
La humedad había hecho mella en su pierna.
Le costó levantarse.

Pero el ansia, la curiosidad, la necesidad, le empujaron a ponerse en pie.
Tomó el camino que salía del puerto.
Caminó por callejuelas estrechas con olor a pescado, salazón y salitre.
Llegó al mercado de las flores.

Caminó entre los puestos recién instalados.
Saboreó mil aromas.
Respiró cientos de colores.

Pero su mirada se detuvo en una única visión.

Era ella.
Ella.

....

Estaba asomada al ventanuco de un carruaje de caballos.
Era una despedida, frente a una casa de piedra.
El profugo se quedó observando tras una columna. Su condición de perseguido le obligaba a ser prudente.
El carruaje arrancó, empujado por dos potentes percherones, y se perdió en el laberinto de callejuelas.
En dirección al puerto.
Ella no pudo verle.
...
Desde la parte alta de la ciudad, el puerto era un bullicio de actividad.
Veleros enormes que atravesaban el océano. Mercadería transportada en carruajes de roble. Velas recién azotadas por los vientos atlánticos.
...

Destacaba un velero.
"Princesa del Atlántico".
La embarcación más rápida del mundo en ese momento.

Bella como una sirena.
...

Corrió cuesta abajo, hasta el puerto.
Vio como Ana subía al bello velero.
Preguntó cuanto faltaba para zarpar.
Media hora.
Intentó subir abordo, pero un fuerte marinero que custodiaba la pasarela se lo impidió.
...

Su alma ardía.
La iba a perder para siempre.
Para siempre.
...

Preguntó. Dirigió sus pasos a las oficinas de la naviera.
Tenía que detener el velero.
Como fuera.
...

- "Lo recuerdo perfectamente. La pernera izquierda de su pantalón estaba manchada de sangre seca. Cojeaba mucho".

"Tenía yo por entonces 10 años.
Acostumbraba a pasar los días de verano en la oficina donde trabajaba mi abuelo.
Me acuerdo muy bien.
De todas y cada una de sus palabras".

-"Necesito que detenga el Princesa del Atlántico".
-Mi abuelo-marino retirado- le respondió: "Deme una razón y dígame cómo lo hago".
-"Tengo que hablar con una pasajera de nombre Ana, es urgente".
-¿Ana, qué?.
-"No sé su apellido".
-"¿Se le ocurre una forma de detener un velero de 450 toneladas?"
-"Tampoco lo sé".
- "Veamos. Usted necesita un milagro. Lo que pide es imposible".
-"Entonces cruzaré el Atlántico a nado, tras el velero".
-"Seguro que moriría, este mar es como el diablo, te manda al infierno".

-"Si he de elegir entre el diablo y el infierno, elijo el infierno. Allí somos más."

...

1 comentario:

  1. Mmmmmmmmmmmmmmmmmm. Precioso. Pasional. Duro .
    Me gusta, camarada.

    Espero que el presidiario alcance al "Princesa del Atlántico".

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