Buscar este blog

viernes, 29 de abril de 2011

CUBITO DE HIELO








EL CUBITO.


Este calor es realmente insoportable.
Cada vez que intento pensar, moverme o simplemente coger un libro del estante, me entran unas fatigas que no veas.
Así que esta tarde he decidido cumplir con uno de los sueños de mi vida.
¡Voy a convertirme en un cubito de hielo!
¡Hala!

Si lo piensas, somos un noventa por ciento en peso agua. Con un pequeño esfuerzo mental, ¡zás!, te puedes convertir en el líquido elemento.

Simple agua.

Una vez que concentras el hierro, el níquel y el carbono en un rincón, el resto es agua.
Se trata de un ejercicio de orden emocional.
Dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno; júntalas y tiene una de agua.
Como tampoco tengo mucho que hacer esta tarde, me entretengo en ordenar mis moléculas.
Dos y una.
Dos y una.
Así toda la tarde.


A las cinco me hice un lío al contar, junté tres de oxígeno y me hice un refresco de ozono.
Un fallo lo tiene cualquiera.


A las siete ya era todo agua.
Dejé el diez por ciento restante en el cajón de los recuerdos, por si acaso quiero volver a ser persona, pero con el calor que hace, como que no.


Una vez en mi nuevo y líquido estado, fue cuestión de ponerse cerca del frigorífico y buscar la oportunidad.
A las ocho vino una chica aplicada, abrió el refrigerador y …¡sacó la cubitera!
Me metí rápidamente en la cañería de cobre, ni muy cerca del grifo (se que a la chica le gusta dejar correr un poco el agua), ni muy al fondo (no podía dejar pasar la ocasión histórica).

¡Y zas! ¡Caí por fin en la cubitera!

A las nueve estaba metido hasta las cejas en el congelador.
Una plácida sensación de frío me reconfortó internamente.
Aproveché para echarme una siestecita, pues andaba cansado de tanto contar moléculas.


Sin darme cuenta, al ratito de estar dormido, ya era hielo.
Un cubito perfecto, de dos centímetros de lado, apenas separado de mis compañeros por un minúsculo tabiquillo de plástico.

¡Acababa de conseguir el sueño de mi vida!

Ser todo cubito.
A una temperatura uniforme de cinco grados bajo cero.
El sueño eterno.


Allí el silencio es completo.
Una suerte de relajación total.
Un todo homogéneo.
La perfección.


En ese estado de felicidad viví seis días.
Fueron los mejores de mi vida, sin duda.
Una especie de viaje cósmico, astral.


Hasta que llegó el domingo.
La familia tenía invitados a comer.
Y a los postres, sacaron la cubitera.

Fui arrastrado en compañía de mis socios, los cubitos adyacentes, al fondo de recipiente transparente.
Allí empezó el desorden.
Nos empezamos a pegar empujones y a pegarnos unos con otros.
Yo tuve suerte, estaba arriba.
Los lamentos de los de abajo eran terribles.
Imaginad pasar de los tranquilos cinco bajo cero, a la realidad más sofocante.
Simplemente traumático.


Me cogieron de los primeros. Con unas poderosas pinzas de acero.
Me dejaron los costillares hechos unos zorros, y la honra perdida.
Definitivamente perdida.


Las dificultades apenas habían comenzado.
Me lanzaron al vacío, volé por encima de un cuñado gracioso, aterrizando de un golpe en el fondo de un alto vaso de vidrio.
Del tortazo que me pegué, perdí treinta y cuatro átomos de hidrógeno.
Imaginaos la desagradable sensación.

Y no me puedo quejar, pues otros compañeros cayeron al suelo, perdiéndose para siempre en el interior de una baldosa de terrazo.
¡Por Dios, qué muerte tan terrible!


Después me juntaron con ginebra, limón y tónica.
Floté como pude hasta la superficie.


Y entonces ocurrió lo peor.
Acercaron el vaso a la pelirroja de mis sueños.
Allí estaba yo, flotando en una mezcla de Sueppes y ginebra del Carreful.
...

Ya se que morir hay que morir.
¡Pero con un poco de clase, por favor!


El momento se acercaba.
Recé mis últimas oraciones y me dispuse sufrir una muerte cruel.


Y entonces ocurrió.
Vino Dios a verme.


La pelirroja de mis sueños tenía sed y estaba acalorada.
Se bebió un tercio del contenido del vaso de un golpe.
Tenía mucha sed.
Y luego pasó algo que nunca olvidaré.


Se puso acariciarme con sus bonitos labios de caramelo.
Un rato precioso.


Morí lentamente en su boca.
Una muerte lenta y dulce que el buen Dios tuvo la gracia de concederme.


No sé cómo explicaros lo que se siente al morir y ser absorbido por la pelirroja de tus sueños.
La gloria, el destino y la eternidad en una sola sensación.


Tras un largo camino, del que mejor nos os cuento los detalles, me he convertido en vapor de aire.
...

Estoy ahora volando en la nube que ves a través de tu ventana.
Si te asomas, salúdame.
Y piensa, que un día tú puedes ser un cubito de hielo.
Piénsalo.

Piénsalo friamente.


...

3 comentarios:

  1. Vaya Driver, la próxima vez que me tomé un gin tonic Lo voy a pasar fatal sospechando que mi amigo de la blogosfera se consume en la copa ... ¿qué prefieres de compañía, lima, limón, pepino, manzana o pétalos de rosa?.

    ResponderEliminar
  2. Modestino, prefiero limón, tres rodajas, anchas.
    Lo cierto es que soy pelín bruto, y me gusta tomarme al final el limón natural.

    Ya me han invitado varias veces a abandonar un local por atacar a los limones a bocao limpio.
    La gente se pone nerviosa cuando ven a alguien comerse un limón a bocaos.

    Creo que les causa una especie de "tiricia" o "desazón" de orden organoléctico.

    A mí me suele arreglar el estómago.
    ...
    Es lo que pasa cuando has vivido 18 años en Murcia.

    El limón, el azahar y las alemanas, te acaban volviendo loco.

    Yo no le suelo dar muchas vueltas al tema.
    Me lo tomo como una especie de "vuelta a la naturaleza".

    Sobre todo lo de las alemanas.

    ResponderEliminar
  3. Es buenísimo este cuento. Llevas una racha, camarada... Lo he pensado fríamente y me da no sé qué , a partir de este instante, meter un cubito en mi vaso. ¿Y si resulta que te deshaces? Vamos, que no me atrevo. Que me quedo sin colega.

    ResponderEliminar