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sábado, 16 de abril de 2011

DESPEGUES Y AMERIZAJES



Mi abuelo pilotaba hidroaviones.

Estos aparatos son diseñados por jóvenes ingenieros, construidos por artesanos del metal y destrozados por abuelos insconscientes.

Mi abuelo era de éstos últimos.
Pilotaba hidroaviones rojos y amarillos del servicio de extinción de incendios.

Si arde el monte, pueden arder las casas, y dentro hay gente en pijama que sueña.

Así que allí estaban ellos, los locos de los hidroaviones. Les avisaban tarde y mal.

El sistema de comunicaciones era una castaña pilonga. Los pantanos estaban rodeados de puntiagudas agujas de granito. Las casas con gente en pijama, entre peligrosos tendidos eléctricos.

Para mejorar el panorama, cargar 20 toneladas de agua, subirlas a las nubes, corre corre que te pillo, baja a caponis y acierta en el desparrame acuoso, era una labor que no se aprendía. Simplemente se hacía bien o se hacía mal.

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Si se efectuaba una buena maniobra, los señores del pijama desayunaban a la mañana siguiente.

Si errabas y lanzabas el agua a las conchinchinas, tenía que vivir con el peso de la conciencia maltrecha. Ardua tarea.
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Mi abuelo estaba un poco ido. Dicen que erró cuando era joven, y que por la noche tenía pesadillas terribles.

Otras muchas veces acertó, pero los parabienes no estaban hechos para él. No se perdonaba una, ni ninguna.
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"Diego, tienes que despegar, no te lo pienses, siempre tienes que despegar".

Ése fue su legado.
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Durante toda mi vida se me han presentado momentos de indecisión.
He tenido que tomar decisiones donde no sabes nunca si aciertas o no.
Cara o cruz.
Pares o impares.

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Tengo las imágenes gravadas de los amerizajes y despegues de mi abuelo en el Mar Menor; ése gran lago de origen volcánico, ubicado en Murcia.

Un enorme hidroavión se aproxima al azul, entre la isla de la Perdiguera y La Manga.

Pica, devora trescienta olas, y sube penósamente.
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Cada verano, durante veinte años.
Casi cincuenta servicios por verano.
Luchando contra la hectárea chamuscada.

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Nunca supo las vidas que salvó.
Era imposible saberlo.

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"..., de tanto esperar en aquella estación, de tantas horas observando la configuración orgánica de las bellas flores del parterre, mi sangre entró en ebullición.
A partir de los ciento treinta grados Farenheit, nada puedes hacer por enfriarla.
Sangre caliente y a lo lejos el sonido de un tren.
Una mezcla explosiva.
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Lo sabía, mi vida estaba a punto de cambiar.
Y tan sólo cabía esperar, aguantar el calentón sanguíneo, y dejarse llevar.
Dejarse llevar."

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El tren llegó a la estación.
Tenía un billete, un bocadillo de mortadela, trescientas pesetas y la marca de los labios de mi madre en la mejilla.

"Diego, tienes que despegar, siempre tienes que despegar".

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Me subí al tren.
Empecé una nueva vida.

Tenía que honrar la memoria de mi abuelo.

Espero no defraudarle.
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Cuando veo las maniobras de los aviones, jugando con el aire, revoloteando con las turbulencias, me acuerdo.

Hay trabajos que no se hacen por dinero.

Se hacen porque has nacido para volar.

Hidroaviones.... llenos de espuma blanca.


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