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sábado, 21 de mayo de 2011

AMORES PROHIBIDOS






Tenía preparado un cuento para hoy.
Iba de mares, marineros y amoríos.
Está escrito por Diego. Un aparejador que se pasa el día entre hospicios, centros de acogida, centros de Alzehimer, residencias de ancianos, escuelas infantiles e institutos. Haciendo obras para gente que necesita algo más que obras.

Pero el amigo más íntimo de Diego, un tal Driver, suele aparecer en su vida, con unos vaqueros llenos de grasa y una mirada cristalina, para ponerle las pilas.
Hoy me ha llamado y me dice de una tacada:

"¡Eh, tú pardillo!. Cuéntales algo que sea cierto, si no, no se lo van a creer".

Y me cuelga el muy...

Así que aquí estoy, en la jornada de reflexión antes de las elecciones de mañana domingo, frente a un reto.
Haré lo que pueda. O mejor dicho, a lo que Driver me obliga.


AMORES PROHIBIDOS.

En el amor, como en la guerra, para gustos los colores.

Con 18 años la conocí. Tenía 10 años más que yo. Toda una mujer.
Nada más verla me enamoré perdidamente de ella. Era alta y bellísima. Natural de las islas griegas. Su mirada, clásica. Su rostro, limpio. Su mente, prodigiosa. Su cuerpo, un escándalo.

Y claro, pasó lo que pasó. Perdí la cabeza por ella.

Una tarde de verano, tras las dunas de una playa mediterránea, me enseñó cosas que todavía hacen que me estremezca. La primera vez que me sentía un hombre. No diré más.

Ella era una mujer libre. Cambiaba de ciudad, de ocupación y de intereses, constantemente. Viajaba mucho. Sus ausencias eran largas.

A los 22 años me volví a tropezar con ella. Yo seguía siendo un jovenzuelo perdido. Ella, con la edad, ganaba en belleza y en matices. Nada más verme me invitó a cenar y a charlar en un hermoso restaurante en la isla de Ibiza. Yo estaba dominado por un repentino ataque hormonal. Ella mesó mis cabellos y me hablo dulcemente durante la velada. Bailamos abrazados mientras la orquesta soplaba vientos musicales.
Ese día no dormimos juntos. Me demostró que una suave canción y un juego de bailes, podían ser más agradables que una batalla carnal. Luego se marchó.

Aunque nos carteábamos con frecuencia, la echaba mucho de menos.

A los 26 me enamoré de la mujer de mi vida. Fui honrado con ella y le conté mi amor prohibido con la griega. Al principio se quedó extrañada. Me decía que la manifiesta diferencia de edad entre ambos, acabaría por apaciguar mi ánimo.

Pero no. Con el tiempo ese amor prohibido y pasional fue aumentando.

Me casé y tuve hijas con mi esposa. No había semana que no pensase en la griega.

Establecido en Madrid, casado por la iglesia y cumpliendo con todos los sacramentos de la Santa Iglesia, seguí viéndola. Muy de tarde en tarde, pero la seguía viendo.

La griega se estableció en nuestro pais. Destacaba tanto en su trabajo, que empezó a aparecer frecuentemente en la prensa.

Cada cierto tiempo la visitaba, entregándome pasionalmente en sus brazos. Sin esconderme ni de la familia, ni de los amigos. A cara descubierta.

Mi mujer y mis hijas saben que es algo superior a mis fuerzas. Consienten.

Pasé con ellas fines de semana apasionantes. Su cultura, sus principios y su belleza, se mantenían firmes con el paso de los años.

Acabó haciéndose famosa. Y empezaron para ella los problemas.

La enaltecían o la difamaban constantemente. El precio de la fama.

En los últimos años la he visto envejecer prematuramente. Su libertad la empujaba a introducirse en todo tipo de ámbitos. Y aquello la transformó.

Empezó a usar colágeno, tratamientos de belleza, curas de sueño. Nada. Envejecía a una velocidad alarmante.

Intenté ayudarla, pero su alma estaba cansada.


Así que me lo tomé en plan personal, reuní a mi mujer y a mis hijas e ideamos un plan.
A esa altura de nuestra vidas era como una más de la familia. Eso sí, una rara familia.

La invitamos a pasar unos días en la playa. Todos juntos.
Pasemos por los acantilados y las ensenadas.
La agasajamos con presentes y regalos.
Fue un buen intento, más ningún resultado nos fue concedido.
Su alma estaba tan triste que apenas si hablaba.
Una sombra de lo que había sido.

Al final fue a mi mujer a la que se le ocurrió la solución.

Llévatela a las dunas y ámala como cuando erais jóvenes.

Cuando me lo dijo me quedé conmocionado. Si una mujer te dice que sólo hay una solución, es porque sólo hay una solución.

La vergüenza y el temor se adueñaron de mí.
Aquello era muy fuerte.

Intenté lo de la cena, el baile, mesar sus cabellos y charlar dulcemente.
Nada. Mi mujer tenía razón.
A aquella bella hembra le hacía falta algo más.
La cogí de la mano, y comprendiendo que mi destino era ése, me dirigí a las dunas.

El viento azuzaba las crestas de las olas.
El salitre impregnaba el aroma de los pinos.

Nos amamos durante toda la tarde, como dos jóvenes galopantes.

Al final se despidió de mí con una sonrisa.
La última imagen que tengo de ella es la del contraluz de su figura enmarcada por el naranja de un atardecer inmenso.

De eso hace poco.
El domingo vuelvo a verla.
Sé que voy a rejuvenecer cuando vuelva a sentir su mirar clásico, cuando se belleza impregne mis pupilas.

A los que la critican en la prensa, en la radio, en las tertulias, que les den.
Que les den mucho.

Pienso morirme amándola.
Es lo que pasa con los amores prohibidos.
Son para toda la vida.

Me parece una falta de respeto descubrir su nombre.
Pero ella me ha enseñado que hay que ir con la verdad por delante.
Con la fuerza y la ilusión de los amantes.

Se llama Democracia.
La amo más que a mi sangre.


...

5 comentarios:

  1. Hermano, siempre digo que lo mejor es seguir la dictadura de nuestras parientas...tenemos las mejores cuñadas del mundo...

    -anda! nos dicen al unísono , vete con tu hermano y reflexiona!
    cada cuatro años ...
    ...entonces cogemos tú yo y unísino y reflexionamos, en tu ferrrari o en el mío (que es el mismo)

    cada cuatro años, aveces cada dos...libremente.

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  2. ¡Menudas cuñadas que tenemos, hermano!
    Nos dejan irnos en el deportivo, saben que nos lo pasamos bien.
    Es para quererlas a ambas.

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  3. Qué bueno el relato.
    Me has tenido embobada leyéndote, y aunque intuía el final, la maestría del relato hacía que siguiera frase a frase.
    Conozco a Demo, a veces también voy a verla, pero me lo pienso bastante antes de hacerlo. Es una gran mujer.
    saludos,

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  4. Hoy he vuelto a ver a "la griega".
    Estaba guapa.

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