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miércoles, 18 de mayo de 2011

FLY






FLY

Érase una vez un hombre que golpeaba bolas en un campo verde.
Y esas esferas trazaban elegantes trayectorias en un cielo azul.
Las líneas de los sueños.

Todos y cada uno de los humanos tenemos sueños de juventud.
Unos los persiguen a través de los años, otros los pierden.
Un tercer grupo los tienen a tiro.
Simplemente hay que darle a la bola.
Fuerte.

Aquel chaval de provincias se vino a Madrid para estudiar.
La capital del Estado era un bullir de ideas, una coctelera donde los sueños se agitaban en el elegante mundo de las ideas.
A través de la Castellana corría impetuoso el aire limpio.
Los conceptos, tras pararse unos segundos en el cruce con Alcalá, salían despedidos a toda velocidad hacia la zona de Azca.

El muchacho tuvo suerte. Sus primeros años de estudiante se convirtieron en un puzzle de ideas. Una colección de conceptos intemporales, donde todo era posible.
Los viajes a su ciudad natal marcaban puntos de inflexión en su trayectoria vital.
Los primeros años iba y venía en tren.
Más tarde en su propio vehículo.
Aprovechaba los viajes para resetear el ordenador de a bordo.
Organizar las ideas, renovar algún concepto caduco, reubicar los pensamientos angostos e intentar completar su organigrama vital.


Una vez acabados los estudios, buscas un trabajo que llene de combustible el depósito de tu deportivo.
La gran ciudad es ideal.
Numerosas gasolineras jalonan la traza urbana.
Todos los grandes están allí. Multinacionales, empresas con delegaciones en los cinco continentes conocidos y en varios todavía por descubrir. Las grandes de la energía. Las enormes del transporte. Las infinitas del comercio.
Tú solo tenías que buscar tu momento.
Y una vez que te introducías en la vorágine.
Disfrutar.

A esas alturas de la vida comienzas a elegir. Ya no vuelves a tu ciudad en tren, atrapas un avión con la palma de tu mano.
No es lo mismo. Es mejor. Mucho mejor.

El muchacho se convirtió en un gestor cualificado. Un profesional de las ideas empresariales.
Las llevaba a cabo y encima se divertía.

Pero…, había algo que vibraba en su cerebro cada vez que volaba.
Cuando estás a tres mil pies de altura, el territorio se presenta como una superficie continua y ordenada. Nítida como un brillante.

La mañana del día de San Juan, volando hacia París, su mente acopló un sueño.
Desde hacía unos años seguía con curiosidad los diferentes sistemas de gestión de las principales ONG¨S.
Aquello era un auténtico desastre.
Se mantenían en el aire gracias a subvenciones, donaciones, contribuciones y demás ingresos irregulares.
Aquello limitaba sus posibilidades de crecimiento y estabilidad a corto y medio plazo. Del largo plazo mejor te olvidas. Mejor, mucho mejor.

Así que allí estaba él. Un gestor que había corrido la Castellana, escalado el monte del balance, atravesado las fronteras del marketing.

Y ella. Una organización no gubernamental que operaba en Sudamérica.

Y la otra. Aquella señora que representaba los mejores sueños de su juventud.

Volando sobre los Pirineos, en una zona nubosa, donde las turbulencias dibujaban espirales en el borde de las alas del Airbús A300, se le ocurrió la idea más potente de cuantas se podía haber imaginado.

Él haría el amor con ella y con la otra.

Sacó el portátil y escribió las líneas maestras de aquella orgía de ideas frescas.
Una forma de gestionar diferente, basada en su experiencia profesional y en los fluidos de aire laminar que la aeronave dejaba en su estela.

Al llegar a Paris lo hizo.
Se acercó al mostrador de Air France con la fuerza del oleaje de un Cantábrico embravecido.
Y preguntó a la aeromoza lo que todo hombre del norte desea saber.
La primera pregunta que abría el camino del resto de su vida.

“Señora, ¿me puede informar de los horarios de salida para Bolivia?”

Todos y cada uno de los humanos tenemos sueños de juventud.
Unos los persiguen a través de los años, otros los pierden.
Un tercer grupo los tienen a tiro.
Simplemente hay que darle a la bola.
Fuerte.

...
Éste es un encargo de una amiga.
A cambio me escuchó durante muchos días, cuando me hacía falta que alguien me escuchara.
Gracias, Ana.

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