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lunes, 4 de julio de 2011

BANDERAS ROJAS



Cuando tenía quince años, algunas cosas se aprendían sobre la marcha, y no se olvidaban nunca.

En la costa, las banderas avisan del estado de la mar con un código sencillo.
Si el color es rojo, está prohibido nadar.

Mi pandilla estaba formada por piratas, bucaneros, gente aguerrida de diversas nacionalidades y pelajes.

No éramos malos chicos, pero la curiosidad nos podía.

Si la bandera era roja, nos teníamos que conformar con jugar al fútbol en la arena.
Al cabo de unas horas, la curiosidad nos podía.
Un impulso vital nos empujaba a investigar los límites de la realidad.

Solíamos irnos lejos de las miradas de los padres, a playas salvajes, donde si ocurría algo era entre tú y la naturaleza salvaje. Cara a cara.

Allí te sentías aventurero.
Sólo estaba la pandilla, el mar y el viento.

Y tú, humano cuadrúpedo y sensorial, te empecinabas en vivir una aventura.
...
Vi volar a algún pirata en la cumbre del acantilado.
El viento es capaz de derribar a un adolescente y hacerle dar vueltas sobre los guijarros del camino.

También aprendimos a mirar a través del viento. Con los ojos llenos de proyectiles de arena.

Pero lo que nunca olvidaré fue la Gran Ola.

Si se te ocurre meterte en el mar y atravesar la rompiente, te encontrarás con un serio problema filosófico.

Las olas te pueden arrastras hacia dentro, y ni Uluses sería capaz de bracear hasta la orilla.

El peligro era muy excitante, pues te sentías atraido por la aletoriedad del Juicio Final. Si Neptuno dictaba sentencia condenatoria, te la pegabas con las rocas.

Si te absolvían por falta de pruebas, las olas te depositaban violentamente en la orilla, con los costillares rozados por la fuerza del destino.

Recuerdo la sensación de salir del agua, con las piernas temblando por la emoción y el corazón latiendo con la potencia de un tambor.

Tras la prueba les gritábamos a las olas nuestras consignas bucaneras.

...

Eramos inconscientes, jóvenes y...

Felices de rozar los límites de lo desconocido.

...

Nunca estuvimos tan cerca de la Odisea.

Jamás tan próximos a la eternidad.

Rozándola entre espumas saladas.

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