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viernes, 15 de julio de 2011

EL CAPITAN





Tengo un hermano, de nombre Tomae.
Durante los primeros 48 años de mi vida, nunca supe nada de él.
Hace poco lo he descubierto, así que hemos tenido que recuperar casi medio siglo de vida. Mucho tiempo.
...
Lo primero que hemos hecho ha sido contarnos nuestras respectivas aventuras, los amores que conquistamos, las tierras lejanas que conocimos.

Una vez me contó que trabajó de capitán de barco.
Me narró sus aventuras un domingo por la tarde, mientras que bebíamos cerveza a la sombra de unos álamos.
Yo le escuché con detenimiento, pues su historia me cautivó.
Cuando terminó de contarme su pasado marinero, agarré el lápiz de grafito y le escribí un cuento, con el fin de que su espítitu permaneciese junto a mí otros cincuenta años.
A veces nos toca escribir las historias que nos narran, para que no se nos olviden, y que pasen a formar parte de nuestra propia historia.

A veces, es lo que nos depara el destino.
Acariciar las palabras que oíste bajo un álamo, un domingo por la tarde, narradas por un hermano al que hacía medio siglo que no habias escuchado.

Es entonces cuando el tiempo se revuelve como la brisa y..., empiezas a recuperar lo que nunca habías soñado tener.

Un hermano, Capitán de la Marina Mercante.

...


EL CAPITAN

Había navegado por los mares del sur, entre las grandes olas del norte.
Atravesar el ecuador, simple rutina.
El Trópico de Cáncer, cuatro veces por año.
El Océano Glaciar Ártico, un paseo dominical.

La quilla de su velero cortaba el mar de Alborán.

Madagascar, una mancha verde a sotavento.
Cabo de Hornos, un día de lluvia.
El Bósforo, una cerilla encendida en la noche.

Para orientarse, con las estrellas basta y sobra.

El anemómetro, el batir de sus cabellos al viento.

La latitud, una sombra sexagesimal.
La longitud, una triangulación con un reloj en la mano.

Había dado varias veces la vuelta al Mundo.

Una veces embarcado y otras en tierra virgen.
...

Era un Capitán de la Marina.
Por eso sus pies se mantenían firmes en la cubierta.
Agarrados como lapas.

Su mirada escrutaba el viento y las olas.

Sabía perfectamente, que en la mar el camino más corto a las estrellas nunca es la línea recta.

Que la línea del horizonte se curva.

Que la luz se refracta.

Y que aquel olor a salitre, respirado al aire libre, era el perfume de las sirenas.
...

Por eso, cuando se tenía que despedir de algún miembro de la tripulación, no sentía dolor.

Sabía que entre la mar y las estrellas, siempre queda una emoción.

La de haber navegado junto a la gente querida.

Y eso, al Capitán, no se lo podía quitar nadie.

Porque su tripulación era parte de su propio rumbo.

Navegando entre las olas y las estrellas.

Hacia poniente.

.


Atentamente para mi hermano Tomae.

De los pocos con los tomo cerveza, debajo de un álamo, durante las largas tardes de domingo.

Escuchando cuentos.


.

PD: Otro día te cuento lo de la Yeti.

3 comentarios:

  1. ...bien hecho grumete, anda baja a la bodega y pilla unos cuantos de ron. Cuando vuelva té contaré la historia de YETI, y qué sé ría el Olmo de sus peras...ti amo germani!!!

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  2. ¡Ron, ron, ron, la boteeeeella de ron!

    Los grumetes del barco fueron regalados por el Capitán del velero con una barrica de ron jamaicano.

    Tras enjaezar las velas, baldear la cubierta y trincar las escotaduras, aquellos grumetes jóvenes se reunieron alrededor del Capitán, quien les contó historias de sirenas, bucaneros y monstruos marinos.

    Bebimos un agradable ron que nos limpió las secas tráqueas e iluminó nuestras nubladas entendederas.

    Pero fueron los cuentos del Capitán los que alimentaron nuestra ánima, dándonos el mapa con el que años más tarde circunnavegaríamos la Antártida de nuestras vidas.

    Atravesando las olas, donde...
    los mapas se acaban.

    .

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  3. Par de dos... Qué buena gente;-)))

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