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miércoles, 28 de septiembre de 2011

LOS CAMPOS DE LA VIDA



Érase una vez una mujer que amaba pintar.
No era consciente, pero estaba pintando un cuadro muy grande.

Tan ancho como la distancia que hay entre el viñedo y el campo de fresas.
Tan alto como la vertical que marca el zenit de Huesca.

Directa al infinito.



Aquel cuadro era enorme.
Sus seis hijos estuvieron comprando lienzos durante décadas y décadas.
Llegaron a juntar varios cientos de lienzos, que unidos por los marcos de madera, alcanzaron una extensión enorme.



La mujer empezó a pintar desde pequeña, muy pequeña.
Al principio monigotes, como todos los niños.
Más tarde lunas y soles, como todos los adolescentes.
Y cuando le llegó la edad, caritas de niños, muchos niños.


Una vez dominó el arte de la composición, el color y la textura, se adentró en el territorio más deseado de todo pintor que se precie.

Las manchas. La impresión.

Su arte explosionó de forma rotunda.
El maletín de óleos nuevos.
El enorme lienzo montado por sus vástagos, ya estaba preparado.

Y ella, la mujer, empezó a pintar su obra definitiva.



En aquella enorme obra, al modo de los impresionistas, reflejadas en manchas de colores y puntitos de luz, se veían muchas cosas.



Un campo de fresas, puntitos de fresas.
Un campo de vid, manchas verdes y marrones.
Un mantel de cuadros amarillos y azules.
Un vestido de novia.

La entrada a una iglesia.
Una fachada de piedra arenisca.
Las volutas dibujadas por la sonrisa de un hijo.


Manchas, trazos, reflejos, veladuras, colores mezclados, luces y sombras, volúmenes, líneas que escapan a la horizontal del atardecer dorado.



Era el cuadro de toda una vida.
Las emociones reflejadas en campos de fresas y viñedos.
El pálpito de un color rotundo y sincero.

...

Érase una vez una mujer que amaba pintar.
No era consciente, pero estaba pintando un cuadro muy grande.
Tan ancho como la distancia que hay entre el viñedo y el campo de fresas.

Tan alto como la vertical que marca el zenit de Huesca.

Directa al infinito.



Atentamente. Driver para Mariapi.


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7 comentarios:

  1. Infinitamente agradecida, Driver.
    Sigo pintando, encontrando sonrisas en los campos,y sobre todo en la gente grande como tu.

    Un abrazo

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  2. Hola, me gusta tu blog, te invito a pasarte por el mío.

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  3. Magnífico relato y ¡Viva el cenit de Huesca!...

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  4. Qué bonito. Espero que le saliera como ella deseaba. Un beso.

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  5. Yo, que he visto la paleta que gasta la chica, puedo afirmar que todos los que salimos en sus cuadros somos seres extremadamente afortunados.

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  6. Lo cierto es que dibujar y pintar son dos actividades muy placenteras.
    Conozco pocas sensaciones tan adictivas como sentarte frente a un papel en blanco con un lápiz, y trazar la composición que tu imaginación te marca.
    Es una especie de alumbramiento, donde dejas saltar chispas a tu cerebro, activándose mecanismos que básicamente te producen placer.

    Crear es muy placentero.

    Y algunos de los mejores momentos de mi vida han transcurrido frente a una hoja de papel o en un museo.

    Donde el color, la luz, la proporción y la composición.

    Te besan.

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  7. Qué bonito, Driver.
    Y sí Mariapi es una artista, y tú otro! Da gusto pasear por aquí...

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