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jueves, 8 de septiembre de 2011

MEADOW ( IV ). ARMAS DE MUJER.



Meadow nos ha enviado a Antonio y a mí al aeropuerto de San José.
Al mediodía aterriza un carguero de MRW.
Debemos recoger unos cajones de medicamentos que nos envía la Cruz Roja.
Penicilina, antibióticos y vacunas.

Nos ha dado unos albaranes y una carta del Consulado.
Antes de despedirse nos ha dicho: "Nos hacen mucha falta. Traerlos".
Luego ha montado a caballo y se ha ido.
...

Durante el viaje, Antonio me ha explicado la dificultad de la misión.
En este lugar perdido de la mano de Dios, esos medicamentos valen su peso en oro.
Tendremos que estar muy atentos, pues los aduaneros, la policía o la mafia local están dispuestos a robarlos para después venderlos en el mercado negro.
Les da igual ocho que ochenta.

A Antonio no le gusta ir al aeropuerto.
"Siempre acabamos de bronca".

Yo le he tranquiliado, pero él ha seguido mascando tabaco y ha añadido:
"Encima van armados".

A sí que aquí estoy, conduciendo una vieja furgoneta, en un pais nuevo, acompañado de un masticador de tabaco.
...

El aeropuerto de San José se encuentra a veinte millas de nuestra colonia.
Todo el mundo le llama a nuestro poblado "la colonia"; el motivo es que huele muy bien. Así de sencillo.
...


Aeropuerto de San José.
Se trata de una llanura verde, enorme, donde suelen pastar el ganado.
Tras unas alambreras de acero galvanizado, hay una pista de aterrizaje de tierra, una torre de control, el servicio de aduanas y un hangar.

Una milla antes de llegar, mis ojos han descubierto una manada de caballos salvajes.
Corren agrupados y en paralelo a la carretera.

Me ha parecido ver un jinete entre ellos.
Un destello de camisa roja y vaqueros.

Antonio se ha dado cuenta también, y ha mascullado: "¡Ya estamos"!

Veo ya el hangar del aeropuerto. Reduzco a tercera.
En la puerta hay muchas camionetas esperando. Reduzco a segunda.

"Párate junto a la rotonda y dale la vuelta a la furgoneta"- me aconseja Antonio-

Paro junto a la rotonda, le doy la vuelta a la furgoneta.
Punto muerto. Freno de mano.
Cojo los albaranes y la carta del Consulado.
Me dirijo a la zona de control.

Antonio se sitúa cerca de la puerta del hangar; a unos cincuenta metros de mí.
...

Cuando me toca el turno presento la documentación.
Me dicen que nuestra mercancía no ha venido, o que se ha perdido, que vuelva otro día, o que llame otro día.

Insisto.
Insisten.

Argumento.
Elevan la voz.

Me enfado.
Le quitan el seguro al arma.

...

Suena como un trueno. Una descarga de cascos sobre el terreno.
Miro y los veo.

Una manada de caballos salvajes acaba de entrar en escena.
Son muchos, y van al galope.
Vislumbro otra vez la camisa roja y los vaqueros.

Veo a Antonio forcejear con el encargado del almacén hasta que consigue abrir el portón.
Los caballos se dispersan por todos lados, la zona de control, el hangar, el aparcamiento, la rotonda, incluso hay algunos corriendo por la pista de aterrizaje.

Y entonces ví claramente a Meadow.

Montaba un tordo. A pelo, sin silla.
Jaleaba a la manada.

Antonio y Meadow localizaron el envío de la Cruz Roja en el hangar, cogieron una transpaleta, cargaron en ella el palet, y se dirigieron a la furgoneta.

Salí corriendo de la zona de control, y tras sortear a una familia entera de caballos indios, llegué entero donde Meadow y Antonio estaban ya cargando las cajas.

Les ayudé. Entre los tres acabamos antes.

Y entonces Meadow me dijo la frase más bonita que una mujer nunca me habia dicho:

"¡Sal de aquí cagando leches, chico!".

Arranqué aquella vieja furgoneta y salí a toda velocidad.
...

Vi por el retrovisor a Meadow y a Antonio montados en la misma montura, gritando a la manada.

Gritando y sudando bajo un sol de justicia.
...

Aceleré.
Me salté el control.
Entré en la pista de aterrizaje.

Aceleré más y me perdí por la llanura verde, en dirección a la colonia.

...

Hay veces que hay que luchar.

Y utilizar las armas más inteligentes que ha fabricado la humanidad.

Armas de mujer.

.

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