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martes, 11 de octubre de 2011

LEYES ACUÁTICAS



Estoy subiendo el puerto de los Leones, camino del Norte.


Llueve con violencia. Fuerte y vertical. A plomo.



A la derecha el terraplén de roca. A la izquierda el guardarrail y el vacío.

Te la juegas. Quitas la música, el móvil y el GPS.

Silencio.

Sólo el rasgar de los neumáticos sobre el asfalto, el bramido del agua y el acompasado rugir del motor.



Si lo piensas es peor.



Así que usas el hipotálamo para la función diseñada desde el Génesis.
Volar.



Te vas a Río de Janeiro y la ves. Lluvia fina y tropical. Libera calor. La tierra se abre. Generosa.



Un salto y aterrizas en el Polo Norte. Allí no llueve, pero los glaciares al desgajarse salpican trozos de diamantes azules.



La estepa siberiana. Cuando llueve, el barro se extiende tan generoso que detiene hasta a los ejércitos de Napoleón.



París. Si estás en la Torre Eiffel, observas a los barcos fluviales arrumbarse en los muelles, y al fondo la cúpula del Sagrado Corazón se empapa. Brillante.



En el Circo Máximo, en Roma, los gladiadores corren a las tribunas y dejan la gloria para un día seco.



Y en el banco ballenero de Tierra de Fuego, un capitán católico, en plena noche aprovecha para leerle a su segundo un pasaje sagrado, El Diluvio Universal.

Y el oyente escucha las escrituras rodeado de truenos y relámpagos.



Llueve en el Puerto de los Leones.



Y en la esfera regida por las leyes de la mecánica hidraúlica.



Y de las Leyes Divinas.



Leyes acuáticas.



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1 comentario:

  1. Veo que una gran lluvia puede ser una buena fuente de inspiración.

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