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jueves, 1 de diciembre de 2011

LA MAQUINA DE SOÑAR


A los dieciséis me compraron un Vespino, con la sana intención de poder acudir a clase de bachillerato y a la academia de dibujo.
Fui a ambos sitios e intenté aprovechar el tiempo.
Pero...
Con cien pesetas de gasolina mezclada con aceite, aquella máquina te abría grandes posibilidades.
...
El tiempo se multiplicada por tres.
Te convertías en el dueño del asfalto, del camino de tierra o de la duna arenosa.
Podías llevar de "paquete" a otros seres humanos, y compartir tus sueños con ellos.
Conducir bajo la lluvia o la tormenta, una sensación en la más pura tradición de la navegación marítima.
Podías ser un explorador a través de la selva de los cañizos de la huerta.
Disputar cuantas carreras de velocidad te permitiera tu espíritu combativo.
Conocer los entresijos de la naturaleza salvaje, escalar carreteras de montaña y adentrarte en cuantos caminos fueron recorridos por piratas y bucaneros.

Su mecánica era simple y su fiabilidad extraordinaria.

Un día me dejé llevar por el entusiasmo y probé la máquina por una larga playa de arena.
Si pisabas con cuidado la arena dura, la que besa las comisuras de las olas, aquello aguantaba bien.
Conforme aumentabas la velocidad, el peso sobre la arena disminuía, directamente proporcional a tu falta de sentido común.

Llegué a alcanzar los sesenta por hora, a la derecha el Mediterráneo, a la izquierda las dunas de San Pedro del Pinatar.

Lejos de cualquier vestigio de civilización, corría que me las pelaba entre la playa y el cielo.

En un repecho llegué a los sesenta y cinco, justo en el momento en el que comencé a escuchar la música de Mozart.

Serían las cinco de la tarde de un sábado de agosto.

Violines y violas estallaron en armonías magníficas.

Las dunas reverberaban y las olas estallaban en limpias salpicaduras de salitre mezclado con sal,
...
Entonces fue cuando me pegué el gran castañazo.
Pisé una trampa de arena blanda y..., Vespino, piloto, Mozart, violines y violas fueron a dar con sus huesos al mar.

Estaba tan lejos del Mundo, que si me hubiera partido en cuatro, ahora estaría descansando en una llanura de algas, observando el lento crecimiento de los moluscos.

Pero no; no era ése mi destino.

Me levanté, saqué la moto del mar, desaflojé la bujía, la sequé con un pañuelo, la volví a apretar y la máquina me respondió con fidelidad, arrancando a la primera.
...

Ése fue el principio de una hermosa amistad.

Donde un chaval de dieciséis, una máquina y un atardecer mediterráneo se hermanaron.

Fundiéndose en un único concepto intemporal.

...

Lejos, muy lejos de la Civilización.

En un Mundo, donde sólo cabían los sueños.

.




PD: Adjunto el documento gráfico donde mi hermano Tomae y yo, en pleno pique, atravesamos el puente de Alcántara en la famosa carrera que mantuvimos entre Port Bou y Almendradejo de los Infantes.







... serían las cinco de la tarde de un sábado de agosto ...
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4 comentarios:

  1. ...adjunta adjunta, pero recuerda que con esos veinte duros de gasofa acabamos dándole al pedal... ¡qué pedaleo cogimos!

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  2. Me alegro de que la aventura terminara bien. Espero que te hayas vuelto más prudente.:) Un beso.

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