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lunes, 5 de diciembre de 2011

PROHIBIDO HABLAR CON EL CONDUCTOR ( II )



El tipo era clavaíto a Nicolas Cage.
Un duro en la pantalla de la vida.

Me subí al autobús, y nada más arrancar intenté sacarle toda la información posible.

Era muy importante entrarle bien, pues esta gente de la carretera es de verbo seco.

Kilómetro cinco. "¿Parece que va a refrescar hoy?". Nones.
Kilómetro sesenta y dos. "¡Va suave el tráfico!". Ni pestañea.
Circunvalación de Torrelavega. " Menudo follón se organizó con lo de los ciento diez". Que si quieres arroz Catalina.

Aquel conductor de autobús no se dignaba en contestar ni una sola de mis preguntas. Yo le debía importar una higa.

Así, que al entrar en Salamanca, me levanté del asiento y empecé a despotricar en la más absoluta de las soledades, bastante cabreado, como cuando intento hablar con Dios y EL tiene el móvil fuera de cobertura.

" ¡A ver!, si es muy fácil. Sólo quiero saber quién soy, de dónde vengo y adónde voy. ¡Qué trabajo te cuesta decírmelo!
Tú estas ahí, con las manos al volante, callado como una comadreja, dirigiendo nuestro destino, con la hoja de ruta sobre el salpicadero, listillo, que eres un listillo. "

Y entonces, tras cuatro horas de silencio rotundo, levantó su mano derecha y enfiló con su dedo índice el cartelito de marras:

PROHIBIDO HABLAR CON EL CONDUCTOR.

Aquello era humillante. Allí estaba yo, abriéndole el corazón a Nicolas Cage, y el muy cabrito con su pose de durito de barrio.

" ¡Contéstame, coñe!, ¡no ves que necesitamos que nos digas algo!
¡Una palabra!, ¡me conformo con una palabra!"

"Repostamos" - Yo esperaba un signo, una explicación universal, una frase espiritual, algo que diera sentido a mi alocada existencia...; y va el tío y me dice tras cuatrocientos kilómetros sin hablar. "Repostamos".

Manda narices.
No creo que se le haya explotado la hernia por el esfuerzo.

...
Paramos en un área de servicio de la autovía.
La típica área de servicio donde los pasajeros se dirigen cual rebaño del Señor a los servicios, a la máquina del café y a la del tabaco. Por ese orden.

El conductor se puso a cargar gasoil.
Miraba el rebaño de meones que se precipitaba tras la puerta de los aseos, y luego me miró inquisitivo, como intentando explicar que EL hacía lo que podía.

Me hizo un gesto para que me acercara al surtidor, me dio la manguera y me dijo (¡alabado sea el Señor, una frase!):

"Reza un Padrenuestro, el tiempo de cargar, y luego cuelgas la manguera".

Así que aquí estoy, en el área de servicio de Argamasilla de Los Infantes, con un frío que pela, cargando combustible y rezando un Padrenuestro.
...

Con el alma perdida de gasoil.

Repostando.

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