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lunes, 30 de enero de 2012

ASESINATO EN LA EMBAJADA DE ITALIA ( V y Fin )



La Embajada de Italia en Madrid, ofrecía el viernes por la noche una cena con el título de
"Homenaje a la Novela Negra".
Habían sido convocadas las principales personalidades que por su trabajo o por su especial dedicación, destacaron en el último año alrededor de dicho género.
Desde el editor todopoderoso Hangs Grutemberger, hasta mi humilde amigo Modestino.
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Hacía un par de noches que le llevaba dando vueltas al tema; mi conciencia tenía severos problemas, pues me empezaba a sentir responsable de la próxima muerte de mi amigo; es más, empezaba a estar arrepentido del cruento regalo que le esperaba.
¿No me podía haber conformado con un cuento de gaviotas?
¿Una alegoría bíblica no hubiera sido más apropiada?
¡Una simple descripción costumbrista de alguna fiesta popular, tal vez!
¡No!, ¡me había empeñado en su asesinato!, ¡y encima los desbocados acontecimientos estaban en un punto completamente descontrolado e irreversible!
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Fui a recoger a Modestino a la estación de Atocha, con todo el peso del arrepentimiento sobre mi conciencia.
Como le quedaban unas horas para acudir a la Embajada, le propuse una rápida visita al Museo del Prado, donde me complací en mostrarle el Cristo de Velázquez y el de Goya.
Modestino no se daba cuenta, pero tras mis explicaciones pictóricas, siempre añadía una sentida oración por mi alma frente a dichos Cristos. Tal era el peso de mi destrozada conciencia.
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Visitamos el  "Museo del Jamón", donde tras unas cañas y unos ibéricos, me ofrecí a llevar a Modestino a la Embajada de Italia, en la calle de Juan Bravo.
Un sexto sentido me decía que no debía dejarle sólo.
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Le tuve que despedir en la entrada de la soberbia edificación, pues un estricto control de invitaciones me impidió el paso..., por la puerta principal de la Embajada.
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Mi conciencia destrozada por la inminencia de una gran desgracia, me empujó a ofrecerle a un camarero que entraba por la puerta lateral, el doble de los honorarios qie iba a recibir por su trabajo esa noche; entré a la zona de cocinas donde un bigardo y onomatopéyico jefe de camareros dispuso de mi mente y de mi cuerpo para el resto de la velada.
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El embajador de Italia en España, había dispuesto el salón principal como comedor de invitados, auxiliándose para los discursos de una tarima de madera noble que se elevaba sobre los comensales.
La cena transcurrió dentro de los cauces esperados, pues tras una breve alocución a modo de presentación, el embajador dió la señal para que los invitados degustaran los exquisitos manjares que allí se ofrecían.
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Me pasé toda la noche sirviendo el ágape, perseguido por la potente voz del jefe de camareros, que me ordenaba de forma contundente dónde me tenía que dirigir, qué tenía que cargar y a qué meteórica velocidad tenía que regresar para comenzar de nuevo el ciclo.

No obstante logré localizar a Modestino en la mesa diez, donde en compañía de varios trajeados invitados, departía con notoria vivacidad.
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Por más que indagué en todos los rostros presentes, no conseguí distinguir ninguno que me arrojara luz sobre su condición de asesino.
Allí todos tenían cara de buena persona, y claro, aquel era el mejor paisaje para esconder una cara anodina, que ocultaba el más profundo desprecio por la vida humana, trás un rostro normal y corriente.
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Llegado el momento de servir el vino, caí en la cuenta de una terrible circunstancia.
El Embajador había tenido la amabilidad de informarse de qué vino era el favorito de cada invitado, sirviéndolos de forma personalizada (cada botella tenía una etiqueta adhesiva con el nombre del afortunado).

Se produjo un terrible shock en mi cabeza, pues me dí cuenta que ése era el camino más rápido entre una simple botella de vino y el más cruel de los asesinatos; saber de antemano quién iba a beber de qué botella.
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Empecé a sudar de forma violenta.
Supe que mi amigo Modestino iba a morir de la forma más cruel: envenenado en una cena, a través de una simple botella de vino.
Dada la capacidad operativa del asesino, el marco donde se desarrollaba el evento, el motivo de la reunión, y la presencia del instigador editorial, concluí que el asesinato iba a ser inminente.
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Os lo juro que intenté advertir a toda costa a Modestino, pero mi grito desesperado ante la inminencia de la bebida fue rápidamente atajado por los servicios de seguridad de la Embajada, que con la rapidez del rayo me redujeron de forma contundente, impidiéndome el grito auxiliador mediante el drástico método de introducir una servilleta en mi cavidad bucal. ¡Qué tipos!
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Mientras me arrastraban a las cocinas, esposado y retorcido entre dos mastodontes sicilianos, pude ver cómo el embajador pedía a los comensales que llenaran sus copas de vino, para brindar en armoniosa camaredería.

Allí estaba Modestino, cual Gary Cooper, sólo ante el peligro, frente a un mundo hostil que había decidido su asesinato, tan sólo por escribir reseñas de novela negra.

Mi última mirada fue para ver a Modestino, elevar su copa y saciar su sed.

¡Dios mío, qué imagen tan cruel!

¡Un buen hombre, asesinado por mi culpa y en mi presencia!

¡La cadena perpetua iba a ser un corto castigo para mi irresponsable comportamiento!

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Mientras que estaba siendo esposado al frigorifico de la cocina, lo vi pasar.
No podía ser otro, era el asesino.
Corría con una jeringuilla en la mano, medio oculta por una servilleta.
Estaba seguro que allí estaba el veneno.
Sin ningún género de dudas.

...

Oí un terrible alarido que provenía del comedor.
Los camareros que llegaban a la cocina informaban de un terrible acontecimiento.
Un hombre acababa de morir, tras beber su copa de vino personalizada.

No me pude contener, agarré una maza de golpear la carne y golpeé con todas mis fuerzas las esposas que impedían mi libre circulación.
Al cuarto golpe conseguí zafarme de ellas, corriendo por encima de la marea humana en la que se había convertido la Embajada.

Llegué con dificultad al estrado de los discursos, donde yacía un cadáver boca abajo.

Un oficial de la guardia le dio la vuelta, pudiendo observar la cara desencajada por el potente veneno de...
¡¡ Hangs Grutemberger !!, la persona que había ordenado la muerte de Modestino.


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Los acontecimientos de aquella jornada los recuerdo de forma muy confusa.
Tan sólo deciros que algunas noches, me desvelo pensando en cómo y porqué el asesino cambió de parecer en el último momento.
Después de muchas consideraciones, creo que lo más probable es que se tratara de un lector de Modestino.
Y que no estaba dispuesto a perderlo.

Simplemente, no estaba dispuesto a perderlo.

....

Atentamente: Driver para Modestino.
En gratitud por los buenos ratos que nos regala.


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4 comentarios:

  1. Qué emocionante. Pensaba que ya no tenía salvación..) Un beso.

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  2. DEP Modestino...

    De todas formas hermano, tengo que comunicarte que el otro día anduve ojeando libros en una conocida cadena comercial y... y... en las estanterías de las mismas encontré en la sección de cuentos ... la colección completa de la editorial Cartofën HangsContaren( creo que es una división literaria del mismísimo Hangs Grutemberger)

    ¿no has notado si te sigue alguien?

    sigilosamente,
    cerca de ti
    sin darte cuenta.

    Vigila hermano, no quiero perderte sin tener arreglado el asunto de la herencia...

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    Respuestas
    1. Lo cierto es que últimamente tengo la sensación que me siguen o que me persiguen, que no sé cual es la diferencia a nivel práctico.
      En cuanto a la herencia, te recuerdo que las deudas también se heredan.
      Te recomiendo que si te llegara una herencia de mi parte, la admitas pero "a título de inventario", que es una modalidad en la que no te haces carga de lo heredado hasta que no sepas el estado contable de la cuestión.
      Avisado estás.

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