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domingo, 19 de febrero de 2012

INOCENCIA BLANCA




 Estoy embarcado en el mercante “Nuestra Señora de los hielos”.

La razón por la que me han dejado embarcar ha sido que necesitaban un “ayudante de cabestrante” para el helicóptero.



Los dos últimos que habían contratado habían dimitido por crisis de estrés.

Este buque abastece regularmente la Base Marambio y a la Base Esperanza.

Como a veces la mar está brava, el buque no puede acercarse a la costa y entonces el capitán dice lo de “echad el ancla y que salga el helicóptero”.

Cuando hace mucho viento – es decir, todos los días-, es mejor bajar la mercancía con la grúa o cabestrante que tiene el helicóptero.

Y allí estoy yo, cable arriba, cable abajo. Fardo de comida arriba, fardo de comida abajo.

El helicóptero, que es un viejo artefacto ruso, tiene mucha potencia pero de estabilidad anda un poco flojo.

La tripulación de la aeronave se suele beber una botella de vodka antes de cada maniobra, telefonean a su familia, se despiden y firman su testamento.



Yo como no tengo familia ni propiedades, me conformo con lo del vodka.

Esta mañana hemos volado sobre el Océano Glaciar Antártico.

Hacía un viento del carajo. Unos veinte nudos.

Esta máquina vibra como una vieja locomotora de vapor.

La trayectoria indefinida que hemos trazado desde el buque hasta tierra, parecía guiada por la mano de un piloto borracho de vodka. Esto es así porque el piloto se había bebido media botella antes de despegar del buque.

El resto de la tripulación gritaba enfurecida por el miedo y por los continuos vaivenes de la aeronave.

El piloto se ha dirigido a mí y me ha gritado:”Driver, suelta los fardos y huyamos de aquí a toda velocidad.”



He manejado el cabestrante como Dios me ha dado a entender, intentando no aplastar a ninguno de los científicos que estaban en tierra, agitando unas pañoletas rojas.

No estoy muy seguro de no haber aplastado a alguno.

Y de pronto, cuando el piloto ha emprendido la huida, lo he visto.

Una inmensa manada de ballenas grises.

Emergían de las profundidades para respirar.

La bestia más grande que Dios nos ha regalado.

Sus bufidos eran tan potentes como los chorros de agua que sueltan cuando emergen.

Y en medio de la manada, un pequeño ballenato blanco. Iba pegado a su gran mamita.

Un ballenato blanco. Que, visto desde 800 pies de altura, subido en un viejo helicóptero ruso, rodeado de una tripulación borracha y alterada por el miedo…




Me ha parecido la viva imagen de la inocencia.

Una blanca inocencia, nadando cerca de las latitudes polares.

Donde los mapas se acaban.

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2 comentarios:

  1. Todos los bebés dan esa impresión. Incluso los enormes.:) Un beso.

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  2. No encuentro una imagen más milagrosa, que la de una cría siguiendo a su madre.
    Va detrás, pero cerca.
    Se deja alimentar.
    Trata de aprender.
    Se deja proteger.

    Y la mira.
    La mira muy atentamente.

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