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jueves, 23 de febrero de 2012

LA MONTAÑA MAGICA ( 2 ).


Empiezo a recordar.
...
Lo primero, lo bien que me lo pasaba dándole cocorotazos a mi hermano Tomae.
¡Qué divertido era!
Cuantos más cocorotazos le daba, mejor me lo pasaba.
¡Toma!, ¡toma!, ¡dale!, ¡dale!

Era una forma como otra de relacionarse. Yo le daba golpes en la cabeza y él me devolvía certeros puntapiés en mi pantorrilla.
Nunca nos lo hemos reprochado, ni soy consciente de que nos causara ningún trauma.
¿Inexplicable? Ni idea.
Sencillamente nos zurrábamos de forma natural.
...
Aquella regla de convivencia tenía una excepción.
Cuando nuestro abuelo nos contaba historias, mateníamos una tregua por motivos de puro interés.
Sus historias eran buenas, las contaba despacio y siempre, siempre, aprendías algo interesante.

Un día  nuestra madre, desesperada por la cantidad de sangre que nos habíamos hecho esa tarde, gritó con el rostro completamente desencajado:

" ¡Abuelo, haga algo para que estas criaturas no se maten, por Dios!"


Y esa fue la tarde en la que el abuelo nos explicó que hay historias que se transmiten de palabra, de abuelos a nietos, saltándose por la cara a toda una generación.
La tarde que nos habló de un tal Señor Moisés, que se subió a una montaña y bajo con unas tablas.
Y también de un tal Señor Jesús, que se fue a un monte lleno de olivos para encararse con su mismísimo Padre.
Y también la historia de un inglés que subió por primera vez a la montaña más alta del mundo mundial.

No sé; ésas son las historias que nos contó nuestro abuelo para impedir que nos matáramos esa tarde.
Mi hermano Tomae y yo.
 Que éramos tan bestias que sólo se nos podía calmar con una buena historia.

Y entonces, después de tomarnos una merienda de pan con chocolate, mi abuelo miró a un lado y a otro para asegurarse que nadie nos oyera, y empezó a narrar:

"Hoy os voy a contar uno de los secretos mejor guardados que tengo.
 Se trata de la leyenda de la montaña mágica.
 Para que veáis lo secreta que es, os debo de advertir que nunca se la conté a vuestros padres, pues es obligado saltarse una generación.
 Así que escucharme bien, y nunca le contéis esta historia a vuestros hijos.
Sólo se la podréis contar a vuestros nietos, pues siempre, siempre, hay que saltarse tooooooda una generación".

Y ya no hubo más cocorotazos entre mi hermano y yo.

A partir de ese día, no hubo ni un cocoratazo más entre ambos.
Aunque..., algunos días me entran las ganas.
...

(continuará)

4 comentarios:

  1. Vaya. Estoy impaciente por oir la historia. un beso.

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    Respuestas
    1. Ya somos dos los impacientes.
      ¡Todavía me la tengo que inventar!

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  2. ¿Y no os contó la historia de un hombre que subió una colina y bajó una montaña?

    Y no es verdad que ya no os déis capirotazos,yo os he visto no hace tanto...

    ¿O era yo la que os zurraba?

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  3. El abuelo nos contó la historia de dos hermanos que subieron una montaña, y mira tú por dónde, regresaron a casa tras rodar de forma aparatosa por la ladera, rompiéndose ambos el mismo hueso, en concreto el troquíter.

    Y sí, tú has sido la hermana pequeña y listilla, que nos zurraba por debajo de la mesa, mientras que sonreías amablemente.

    ¡Ya te pillaremos condenada!

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