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jueves, 23 de febrero de 2012

LA MONTAÑA MAGICA ( 3 )


Nuestro abuelo continuó con su narración:

" Esta leyenda la trajo a nuestra tierra un marinero de los tiempos de Colón.
Cuando los europeos llegaron a América, se encontraron con tribus muy antiguas que habían perfeccionado el arte de la vida.
Una de estas tribus eran los mayas, unos señores bastante cultos que vivían en la zona de México.
Sabían bastante sobre estrellas, constelaciones y movimientos celestes.
Se ha comprobado que eran capaces de efectuar operaciones complicadas en el cuerpo humano.
Y sobre todo avanzaron en su dominio de la escritura, un instrumento complejo y potente.
Los mayas formaron una civilización muy vigorosa y sana.
Sobre el año mil cien, un grupo de mayas se aventuró en los territorios del norte, más allá del Río Grande.
Eran los aparajoes, unos señores bastante inquietos, pues habían elegido libremente una vida transhumante.


Les gustaba el movimiento, cambiar de paraje, conocer nuevas llanuras.


Su ciclo anual se parecía bastante al de las manadas de bisontes, pues la base de su alimentación era la carne de dicho animal.
En invierno, las inmensas praderas de las tierras bajas.
En verano, los frescos horizontes de las tierras altas.


Los aparajoes vivían en grupos de unos doscientos seres humanos.
Se organizaban bastante bien, sin demasiados problemas.
Los caballos constituían su medio de transporte.




Solían enamorarse en alguna de las cascadas azules que el Río Sándalo les regalaba al tropezarse con los riscos.





Sus tiendas tenían forma cónica, con una salida para el humo en todo lo alto.
Todo el mundo trabajaba y vivían en armonía con la naturaleza.
Eran unos seres vivos bastante adaptados a su medio, no constituyendo ninguna amenaza seria para las demás especies.
Nunca cazaban más de los que necesitaban, respetando siempre a las crías de bisonte.
Tenían bastante claro el concepto de orden natural.
...
Socialmente constituían una sola clase, exceptuando al chamán, que era el brujo que les ponía en contacto con sus divinidades, les proporcionaba sueños y conseguía que se comunicaran con sus antepasados; eso sí, ayudados por considerables cantidades de sustancia opiáceas.


Físicamente eran muy sanos, pues además de andar una media de quince kilómetros al día a lo largo de su vida, comían bastante sano y de forma equilibrada.


Eran aguerridos, pues siempre defendieron su territorio de caza y sus poblados.




También tenían un puntito de cachondeo, pues un par de veces a la semana solían hacer un fuego comunal, bailar de forma distendida y dejarse llevar.


En cuanto a la educación y el aprendizaje, no había excesivos problemas, pues el grupo tenía muchos comportamientos comunales, y las tareas más complicadas se solían interiorizar como obligaciones de la tribu. Esto facilitaba el trabajo.


El chamán era un hombre sabio, justo y trabajador. Así que si alguien tenía un problema realmente serio, siempre tenía una persona que se había ganado la autoridad del grupo, y que le iba a ayudar.


...
Pero los aparajoes, igual que los esquimales, los habitantes del desierto del Sahara, los pescadores del Mar Mediterráneo y los cosacos rusos, tenían un alma.


Y tener alma, complica a veces la vida. Chico.








El chamán de nuestra historia se encontró con un problema.
A los aparajoes, en algún momento de su vida, independientemente de ser hombres o mujeres, jóvenes, adultos o ancianos, en algún momento de su vida les dolía el alma.


Era como si  las personas, por el hecho de serlo, estuvieran condenadas a cansarse.
A aburrirse de todo lo que les rodeaba.
A desmotivarse, no creerse ninguna historia.
Estar casi todo el tiempo cabreados.
Rebotados.
Afligidos.
Indignados.


Vamos, que hasta a los aparajoes se hartan de la historia ésta de la existencia.
Que si el amor, que si la suerte, que si los bisontes, que si la cascada del Río Bravo, que si quítame de allí esas pajas, que si qué carajo hago yo aquí con estos pelos.


Así que el chamán se encendió una pipa de la paz, y se pegó una sesión de fumeteo, que para qué las prisas.
Y luego cenó un filete de bisonte a la brasa, aliñado con romero.
Más tarde dió un paseo hasta el río, más que nada porque no quería que nadie le viera.


Que nadie viera que él, el gran chamán, el hombre sabio, justo y trabajador; el ejemplo de toda la tribu, en realidad...


En realidad no sabía cómo curar el dolor de alma.


Por muchas pipas de opiáceos que se metiera entre pecho y espalda".




...

(continuará)
.

5 comentarios:

  1. Qué curiosa historia. Pensaba que acababa hoy... Un beso.

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    1. Siempre improviso.
      No sé cuando se acaba.
      ...
      A veces, la ignorancia es un estado apetecible.

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  2. Gran Hermano Tecla Ardiente:
    Te deseo que los vientos te sean favorables,
    que los bisontes caigan bajo tus certeras flechas,
    que bailes con Hermana Ministra a la luz de la Luna,
    y que te pares en la Gran Cascada Azul a reflexionar.

    Nos vemos en la montaña.

    ¿Canalla, subes o bajas?

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  3. ¡¡qué se me olvidó pegarte un puñetazo en las narices hermano!!

    Un gancho,
    de abajo a arriba
    directo a las narices.

    ¿sangras?

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    Respuestas
    1. ¡Sí!
      ¡Como en los viejos tiempos!
      ...
      ¡Y cómo duele!
      ...
      ¿Vas a subir a la montaña?
      Es para dejarte la brújula, que luego te pierdes. Manito.

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