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jueves, 26 de abril de 2012

ALASKA







ALASKA

Conocí a Driver el verano del lejano año de Nuestro Señor, mil novecientos setenta y cinco.

Por aquel entonces la sociedad española estaba convulsionada, muy convulsionada.
Al general Franco le quedaban dos telediarios, la democracia era un sueño próximo y lejano a la vez, no existían móviles, ni Internet, en la radio se oían a los Bee Gees, el sonido de Filadelfia era un chorro de aire fresco, en las discotecas ponían lentas y los adolescentes nos agarrábamos a Marta, prima de Manolo, que todo el mundo quería bailar con Marta; en todas las capitales de provincia había una librería maldita donde si te conocían te vendían libros prohibidos; los toros y el fútbol eran las dos principales manifestaciones de la cultura popular, las ideas progresistas eran ideas para que se progresara, nadie quería hacer el servicio militar, y Marta, la prima de Manolo, se quitó un domingo la parte de arriba del biquini, y se bañó en Alicante en tetas, con un par.


Mis padres me habían mandado a pasar el verano en un campamento de los Scout en Cádiz.
Aquello fue un descontrol, pues por aquel entonces los monitores gaditanos de los Scout que yo conocí, estaban más interesados en la partida de ajedrez político que se estaba jugando en España, que en los menesteres propios de un campamento de verano.

Driver era un adolescente con cabeza renacentista. Si te fijas en las fotos de la época, su prominente melón madrileño dibujaba las proporciones clásicas que ilustran los estudios anatómicos de los apuntes de Leonardo da Vinci.

Aquello me llamó la atención, y me apeteció conocerle. El primer día ya me metió una paliza sobre la teoría de la belleza. A día de hoy sigue con la misma murga. Creo que este muchacho tiene para rato con el tema. El día que venga alguien y se lo resuelva para siempre, flaco favor le va a hacer. Necesita tener ese tema sin resolver. Esa teoría es gasolina, su gasolina.

Driver y yo nos hicimos socios. Esto es un grado de amistad que traspasa el concepto de tiempo. Me explico. Un amigo está bien para las juergas, las confesiones, compartir el día a día, irse de cañas, ligarse a Marta (¡No logro quitármela de mi mente!, ¡lo que son los mitos!), y para muchas cosas más…

Pero un socio es otra cosa. Un socio/a es un ser humano en el que confías de por vida, por el que eres capaz de mentir en un juicio, sacar pasta del cajero y regalársela porque la necesita sin esperar que te la devuelva, un socio es aquella persona que cuando se meten con su hermana pequeña se te olvida sumar y te lías a tortas contra cinco, cuando tu socio y tú sólo sois dos.

Un socio es aquel con el que te escapas de un campamento de verano, te embarcas en un carguero canadiense, cruzas la mar oceana y acabas en Alaska viendo la aurora boreal.

Luego pasas treinta y dos años sin verle. Y el día que lo vuelves a ver, sigues la misma conversación que quedó interrumpida, y la sigues en el mismo punto, y con la misma alma. Un alma de dieciocho años.
...

La cosa fue así.



En el campamento había un bareto. Y en el bareto un póster de la Aurora Boreal. Allí se desarrollaban las tertulias después de la comida. Los monitores, que eran mayores que nosotros, hablaban de partidos de izquierdas y de derechas, de ideas, de progreso.

Un día Driver se quedó mirando el póster, muy fijamente.

“Es bonita. Me gustaría verla”

“Pues vamos”. Le contesté.

Cuando en España el torbellino político era un cocido a medio hervir, cuando los jóvenes navegaban por un río de izquierdas por la mañana, y coqueteaban con la democracia cristiana por la tarde; Driver y yo hicimos una elección que marcaría nuestras vidas.


Elegimos la búsqueda de la belleza.


Para evitar que nuestros padres se dieran cuenta, escribimos 10 cartas, con fecha de diez domingos consecutivos; Manolo el del bareto se encargaría de enviarlas puntualmente cada semana.

“Querida mamá: este campamento es estupendo……”

“Mi Señor padre: esta semana aprendimos a tirarnos por la tirolina…”



La segunda dificultad que hubo que salvar, fue la de atravesar el Atlántico.

Para solventar esta empresa nos fuimos en autobús a Cádiz, localizamos un carguero canadiense, nos enrolamos como ayudantes de cocina, y doce días más tarde desembarcamos en América.

Cruzar el Atlántico con dieciocho años fue como hacer el amor con Marta. Una experiencia para todos los sentidos. Los colores del horizonte eran limpios, la lluvia en el Atlántico norte era copiosa, el cabeceo de la nave era acompasado. Como Marta: limpia, copiosa y acompasada.

Cuando avistamos tierras canadienses y vimos por primera vez América, Driver se limpió las gafillas para ver el contorno del continente mejor, y me dijo una cosa que nunca olvidaré:

“Te debo una, chaval”.

Atravesamos Canadá en dirección  Alaska recorriendo valles y llanuras en un tren de pasajeros que tenía dos pisos.

Acomodados en el piso superior recibimos una lección bíblica, concretamente nos empapamos del Génesis. La creación del mundo.

Allí estaba todo lo que Dios había creado: las tierras, las aguas, los bosques, la fauna, la vegetación.

.,.

Tras catorce días de aventura llegamos a Alaska.

Es ésta una zona del mundo mundial grande, enorme.
Su superficie triplica la de España, su cordillera alcanza las alturas máximas de América del Norte, vimos los montes Kenai y San Elías cortados por fiordos y grandes glaciares, cruzamos la meseta avenada por el río Yukon y sus afluentes, adentrándonos más tarde en la zona de tundra siberiana.

Aunque la población era en su mayoría de blancos inmigrados, pudimos hablar con grupos de amerindios, esquimales y aleutas.

En nuestro periplo recuerdo nítidas las imágenes heladas de la capital Anchorage, los contornos azules de Fairbans, y los enormes renos que vimos en Ketchikan.



Todas y cada una de aquellas imágenes, de aquellos colores, de los infinitos tonos del helado azul, me han acompañado el resto de mis días.

Y creo que a Driver también.



Pero lo mejor estaba por venir.

El día 10 de agosto de mil novecientos setenta y cinco, a las cinco de la tarde, y tras veintiún días de aventura, la vimos.

La Aurora.

Este fenómeno lumínico es capaz de marcar un surco imborrable en el cerebro de un adolescente. Cuando el sol se acuesta, cuando las tinieblas hacen su aparición, cuando los últimos rayos de sol rozan tangencialmente las capas altas de la atmósfera, va el JEFE y te hace un regalo.

Surgen en la cúpula celeste colores imposibles que, formando una gran ese vertical, se elevan al infinito, pellizcando de forma atroz tu pequeña alma de humano.



La Aurora Boreal.

Estaba Driver de pié, en medio de la tundra, absorto.
Y de pronto, se puso muy serio, muy serio.
Miró al cielo, y así sin avisar, se puso a aplaudir, a aplaudir con energía.



Con dieciocho años el mundo era una esfera perfecta, donde el centro de gravedad estaba en un indeterminado punto entre Anchorage, capital del estado de Alaska, y el barrio de Moratalaz, en Madrid.

Cuando los sueños saltaban sobre los Océanos.





Atentamente: Diego Peñas.

4 comentarios:

  1. Alaska, me pilla muy lejos dentro de mi campo de visión. No tengo anteojos para ver que es lo que se cuece allí. Cambio!

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    1. Puedo solucionar ese problema de visión.
      Mañana mismo.

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  2. Bonito viaje. Bonita amistad. Bonito sueño......

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  3. Tercer intento de alabar el relato que me fascinó. Vi fotos de la aurora y de verdad, digna de aplauso de pie y largo... bendito sea el Autor de tanta belleza, a mí con algunos atardeceres me da por cantar gloooooooooooooooriaaaaaaa...

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