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domingo, 15 de abril de 2012

LA COLA DEL CABALLO

LA COLA DEL CABALLO





"En el pueblo asturiano donde veraneábamos La Cola del Caballo era el final del farallón donde todas las noches nos reuníamos. Oscuridad, viento, cigarrillos y de vez en cuando un beso; el lugar apartado y misterioso ejercía en nosotros una extraña atracción.

Se contaba que los habitantes de la villa habían sido raqueros, mala gente que en tiempos pasados y en los temporales, tan frecuentes en la zona en otoño e invierno, atraían con luces atadas a los cuernos de vacas a los barcos que navegaban por la costa.

Creyendo que las luces eran el cercano faro de San Andrés se dirigían los barcos confiados a la Cola del Caballo donde chocaban con las rocas, se rompían los cascos y durante horas abrían al mar sus tesoros y las vidas de los pobres marineros o viajeros que morían ahogados en su mayoría.

Los habitantes del pueblo, pobres como las ratas, recogían las mercancías y se deshacían en su caso de los pocos supervivientes antes que las autoridades pudieran darse cuenta.

Así durante años el pueblo vivió de los raqueros y el contrabando.

...

En aquella población costera, durante los veranos de la transición, se formó una pandilla.

Los fijos, cinco chicos y seis chicas. Los añadidos, cualquier piratilla que estuviera de paso.

Teníamos esa edad donde la aventura se vestía con un bañador y unas gafas de bucear. Por la mañana éramos los reyes de la costa. Por la tarde, soberanos de la bicicleta. Durante las noches estivales, astrónomos de las emociones....

Con veinte años el mundo era una tierra virgen, cuyo centro de gravedad se situaba en La Cola del Caballo.

Aquella formación rocosa ejercía una poderosa atracción sobre nuestras almas.



La naturaleza humana es así. En las mismas coordenadas geográficas donde nuestros bisabuelos abrían en canal a los supervivientes de los naufragios, nosotros hicimos un descubrimiento que cambiaría nuestras vidas. Para siempre....



Todas y cada una de las mañanas nos reuníamos en la formación rocosa. Unos doscientos cincuenta metros de rocas sedimentarias se adentraban en la Mar Océana.

Con una profundidad de medio metro, podías andar a través de ellas y adentrarte en la aventura.

Una vez situados en el borde de la formación, nos poníamos las gafas de buceo y nos arrojábamos en brazos de Neptuno.

Plas. Azul verdoso.

Plam. Sal en estado puro.

Esplás. Frescor marino.



Teníais que vernos.

Juan Carlos. Ochenta kilos de músculo y 100 gramos de cerebro. Plas, plum.

Almudena. Un saco de hormonas a punto de reventar. Plum, plas.

Javier. Atacado por la locura de las nuevas tecnologías. Esplás, plasssss.

Rosa. La Diosa Minerva en bikini rojo radiante. Plumm, cataplumpasss.

Diego .Un trovador mediterráneo.Fiuuu. Floshps.

Maria. Una hija buscando un padre en el fondo de la bahía. Tras, tras, tras, flopsssh.

Jaime. Un noble medieval nacido en el siglo XX.Pummmba.



Así y todo, una veintena de adolescentes, atolondrados, inconscientes...
Enamorados de unas rocas....

El ciclo era simple.
Arrancabas la mañana caminando por la Cola del Caballo.
Ibas a tu ritmo.
Un cuarto de hora haciendo equilibrios sobre la piedra horadada.
Una zambullida.
Rato de buceo.
Nadar a la playa.

Y vuelta a empezar....






Cada uno llevaba una cadencia.
Los había que disfrutaban más caminando despacio sobre las rocas.
Observando a los cangrejos que hacían top-less.

Otros se congratulaban con el momento previo al salto, en el borde de la rompiente.
Que si salto, que si no salto, que si el viento, que si la luz. Una duda más que razonable.

Yo era de los que iban directamente al mar. Sin preámbulos.
Cada vez que me tiraba era diferente.

La luz se dispersa a través del espejo ondulante de las olas.
Se abre, en radiante reflexión.
Lucha por ganar profundidad, y cuando lo consigue, rebota en un coral rojo.

Los conceptos arriba y abajo eran relativos.

Podías volar sobre las praderas de algas.
Invertirte en torbellino humano.
Girar, hacer giñadas laterales, retroceder sobre tu propio torbellino, trazar parábolas con las corrientes.



Algunos días respirábamos a través de unas agallas invisibles.
Éramos peces de colores....
Siempre lo recordaré.

Cuerpos adolescentes, abrasados por el Poniente, envidia de los Dioses del Olimpo.
Esculpidos en arcilla.
Erguidos frente al mar.
Rotundos.



...y una noche de luna llena fuimos a la Cola del Caballo.

Estábamos todos. Chicos y chicas.
Lo que sucedió a continuación será difícil de escribir.
A día de hoy no tengo claro si sucedió o fue un sueño. Tras treinta años, todavía tengo dudas sobre lo ocurrido. Suceden cosas imposibles de olvidar. Imposibles...

Esa noche Marte besaba dulcemente a la Luna. Nos encontramos en la playa. Había la suficiente luz como para no tropezarse, y la necesaria como para vencer la vergüenza.
Poco a poco, como engatusados por la luz del satélite, nos dirigimos a las rocas.
De tanto jugar con la Cola del Caballo, nos la habíamos aprendido de memoria.

Cada recodo en las meninges.
Cada promontorio en las venas.
Los fondos marinos grabados a fuego en el corazón.

El alma libre.
Seis horas.
Estuvimos seis horas haciendo el recorrido.

Sin hablar.
Nuestros pies rasgaban la superficie del sedimento.
Nuestros brazos avanzaban, aleteando por las profundidades.
Las almas, volaban sobre las algas.
Nuestro corazón era un motor turboalimentado de luz nocturna....

Cuantas más vueltas dábamos, más nos gustaba....
A punto de amanecer nos pareció ver unas extrañas sombras que nos acompañaban.
Hacían los mismo que nosotros.
Paseo por las rocas, zambullida, buceo, natación y vuelta a la playa.



Eran los espectros de los naufragos asesinados por nuestros bisabuelos.
Veían como nos divertíamos y se unieron a la fiesta.
Así de simple.

En ningún momento sentimos miedo por su presencia.
El destino les deparó un cruel final, y viendo la oportunidad de resarcirse con la vida, se unieron a nosotros.
Rocas, zambullida, buceo, natación y playa.



Han pasado treinta años de aquello.
Nuestros destinos tomaron caminos diferentes.
Juan Carlos trabaja de vigilante de seguridad. Escribe poesía.
Almudena tiene seis hijos. Lee con ellos La Odisea. Cada verano.
Javier tiene una empresa de informática. Diseña juegos educativos.
Rosa trabaja en una Caja de Ahorros. Remueve los fondos de inversión con la misma agilidad que nadaba con su bikini rojo.
Diego construye colegios y regala cuentos.
María no encontró a su padre, pero fue capaz de encontrase a sí misma.
Jaime es historiador. Trata de usted a la Edad Media....



Todos y cada uno de aquellos jóvenes valerosos han sido víctimas de naufragios, han llorado, parido niños con ojos azules y reído.



Pero lo que nunca olvidarán es que una noche bailaron al son de la eternidad, acompañados de sombras de marinos pasados a cuchillo por sus bisabuelos.



Allí donde la libertad se respiraba a través de unas agallas invisibles.

En la Cola del Caballo.

Donde aprendimos que la vida es bella.

Buceando en la eternidad.

...






 

21 comentarios:

  1. Huele a sal, a juventud y a noche de verano. Gracias.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Hermano, si definitivamente acudes to the mediterranean coast, y en concreto la golden coast de la Imperial (no quiero dar pistas porque las bañistas se pondrán de los nervios) recuerda que te acompañe a:

    la rocosa cresta romana...

    Ni el caballo rampante de tu ferrari ha recorrido algo igual,
    fliparás...

    ¿tú sabes que es flipar?

    Recuerda hermano, ese puente nos espera ... Nadie trabaja el día del trabajo.

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    1. ¿esas bañistas somos nosotras o quién?

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  4. Qué valientes. Yo tengo vértigo sólo de pensarlo. Un beso.

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  5. Increible!! ( de bonito eh! que creer si me lo creo!)

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    1. Bonito, bonito.. y ya que nadie lo peguntó preguntaré si es autobiográfico, porque yo tengo una historia que a lo mejor hace un bonito cuento en tus manos. Podríamos compartir el tema varios y escribir la historia sobre ese tema, ¿qué les parece?

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  6. Todo lo que escribo tiene un fuerte componente autobiográfico, eso sí, aderezado con pinceladas imaginadas, que son motivadas por las imágenes que recuerdo.
    Y sí, podemos escribir esa historia.
    Cuéntala.

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    1. No te la escribo porque se trata de escribir todos los que se animen (abierto está)es un relato sobre un grupo de primos de vacaciones en una playa que deciden ir a visitar la casa más alejada y abandonada, y encuentran allí una muñeca vudú, luego regresan a casa y esa noche... no los dejan dormir unas sombras... yo la conté en el 2007 ( http://emeve.wordpress.com/2007/10/02/cuando-se-va-el-sol/) pero la idea es hacerla ahora, con lo que recuerdo muchos más años después y poniendo un poco más de magia y de imaginación... a ver si te animas y se anima alguien más...

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  7. Vale.
    Ya me he leído tu relato.
    Empiezo, a ver cómo sale.

    CUANDO SE VA EL SOL (1)

    Preámbulo.

    Al anochecer, cuando el sol ya se ha retirado, el mundo de las sombras y de los miedos se extiende por tu alma.
    Aquello que a la luz del sol es nítido y rotundo, se vuelve lastimero y turbio.
    Las anécdotas se conviertn en pesadas lápidas.
    Y con tanta oscuridad, los pensamientos se cargan con sombrías cargas.

    Dado que la mitad de nuestra vida ocurre de noche, hubo que buscar un método para resolver estas oscuras circunstancias.
    ¿Pero cómo?
    ...

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  8. Encendimos, velas, antorchas, farolillos. Necesitabamos cualquier cosa que nos diese un poco de luz ante la incertidubre de la noche. Y sobre todo un poco de luz ante el recuerdo de esa muñeca y de sus cabellos rojos como la sangre. Queríamos borrar esa imagen de nuestras pequeñas cabezas pero no lo conseguíamos ni armando el mayor alboroto de la historia de esa casa. Ni gritando como lo que eramos: niños.
    Parece que gritando fuerte consigues acallar los malos pensamientos. Pero no fué así.
    De repente se apagaron las velas, las antorchas, los farolillos....







    De repente se apagaron todas las luces menos una......

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  9. Era la luz de la Luna llena.
    Arrojaba un manto de leche blanca a través de la ventana.
    Si dejabas que te diera su luz sobre la cara, podías degustar un punto de miel en su luminosidad pegajosa.

    Nos acurrucamos juntos en el fondo de la estancia.
    Un amasijo de niños asustados, temblorosos, acobardados.
    ¡Parecíamos adultos de lo desconcertados que andábamos!
    Tan torpes, temosos y desconcertados como los adultos.
    Esos seres enormes y responsables, que a la primera que salta, se nos vienen abajo con temores y consejitos.

    ¡Nosotros al fin y al cabo teníamos serias razones para estar atemorizados!

    No sólo éramos nuevos en la fiesta de la vida, sino que encima, era la primera vez que nos enfrentábamos al miedo.
    ...
    En éstas, una relámpago lejano zizazgeó una décima de segundo por nuestras retinas.
    Precediendo al inconfundible y terrible trueno.

    ¡ BROOOOOOOOUMMMM !

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  10. ¡La abuelita está roncando! dijo el más pequeño e inocente de todos, aquel que pensando en jugar tomó sin permiso la muñeca de ensangrentado pelo, negra como aquella noche, y aterradora como los ronquidos del sueño más profundo de la abuela.
    Los gritos y alaridos se podían oír en todo el balneario, pero ¿se oirían en la casa abandonada, construida sobre rocas peladas cortadas por el aire? Las miradas sonámbulas se dirigieron a esa dirección a ver si los relámpagos mostraban su cara, a ver si fauces se abrían para tragarse a estos pequeños navegantes, a ver si quedó quieta o si adquiriendo vida vino detrás de los ladronzuelos de sus tesoros.

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  11. Lo que pasó a continuación no es fácil de describir, pues el terror suele borrar lso recuerdos y convertirlos en pulsos nerviosos y alocados.
    Tan solo apuntar que las sombras corrieron en tonalidades grises por todo el páramo, que el viento y las extrañas voces provenientes de las hoquedades, se confundían en una extraña y grotesca canción desesperada.
    Conforme corrían los niños hacia ninguna parte, tropezaan en los pedruscos invisibles y caían sobre la tierra húmeda.

    Miedo en estado puro.
    Ese miedo que te rompe primero por dentro, y luego por fuera; como si fueras una fruta madura.

    Así, que cuando la prima Ángela, la más pequeña, se puso a gritar que conocía la solución frente al miedo, nos dispusimos a escucharla.

    Al fin y al cabo era nuestra mejor opción.

    Mejor dicho, nuestra única opción.
    ...

    Ángela, con ocho años recién cumplidos, nos dijo con voz firme: ...

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  12. "Solo tenemos que concentrarnos y despertar"

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  13. .































    .

    ...me puedo reservar este espacio?

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    1. Sí, pero nada de peleas, ¡gallito!

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    2. déjalo desde que se enteró que no lo pusiste en el testamento está así...
      oye va quedando muy bien, lo puse en el blog a ver si más se animan, pero está muy bien...

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    3. "Solo tenemos que concentrarnos y despertar"
      ...
      Me gusta ese final, aunque se me está ocurriendo una continuación...
      ...

      Aquella frase, pronunciada por nuestra prima la pecosa de ocho años, se nos quedó grabada en el alma para siempre.
      Era como una caricia, de la que de vez en cuando te acuerdas.

      Nosotros, sus primos la hemos usado en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas.

      A mí por ejemplo, se me apareció la frase un día que me metí en un buen jaleo familiar.
      Una semana antes de casarme, tenía unas enormes gans de salir corriendo de allí.
      Todo el mundo quería organizar la boda, dar consejos, imponer criterios.

      Y entonces..., saltó la frase en mi memoria.

      "Solo tenemos que concentrarnos y despertar".

      Y me encontré raptando a mi novia y saliendo a toda velocidad de la ciudad, en dirección a una playa donde pasamos un tranquilo fin de semana.

      Pero no fuí el único.
      Mis otros primos y primas, tuvieron ocasión de usar esa frase y darle sentido para una acción concreta. La ruptura del miedo.

      Recuerdo que mi prima María me contó...

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    4. Fue difícil olvidar esa noche, el viento, el mar, la casa, la muñeca, fue difícil esconder en mi memoria esas sensaciones y esas imágenes, a veces pensando que lo he olvidado me hallaba precisamente recordándolo. Como ese día, en plena clase, mientras los infantes dibujaban concentrados sus vacaciones de verano y de la nada la rama floja del árbol cayó sobre la ventana y luego sobre mí. Lo único que podía oír era la tiernecita voz de Ángela y mi deseo de concentrarme y despertar. Aún no me he despertado querido primo, pero siento tu mano en mi mano y tu voz leyéndome cuentos a diario y quiero decirte que sí, que pronto, que quizá ahora, voy a concentrarme más…

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