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martes, 11 de septiembre de 2012

LA ISLA MISTERIOSA ( 9 )

SER, O NO SER.


Andrei Kurkinova se había esforzado toda su vida por conseguir un sueño, ser cosmonauta.
Así, que el día que le comunicaron que formaría parte de la siguiente expedición a la Estación Orbital Internacional, se llevó la alegría de su vida.
Nacido en Siberia, educado en el estricto sistema soviético, fue un alumno aventajado en la escuelas de ingenieria de Kiev. De origen humilde, cultivó su mente y su cuerpo con un único fin; subir allá arriba.
Su perfil psicilógico era perfecto para ser cosmonauta. Complexión atlética, capacidad de análisis y síntesis, buenos conocimientos de ingeniería y sangre fría.
...
Pero su cerebro era más inteligente de lo que aparentaba.
En realidad tenía un sueño que nada tenía que ver con la carrera cosmonáutica.
Su máxima aspiración era ver la Tierra, tal cual es, para así enfrentarse mejor a las preguntas eternas.
Ese fue el motivo por el que durante muchos años, se esforzó en formarse como cosmonauta.
...
La mañana del 12 de septiembre del año dos mil diez, Andrei orbitaba con dos compañeros más alrededor de la Madre Tierra, en una órbita elíptica, que circunnavegaba la estratosfera.
Su organigrama de a bordo, marcaba una línea azul entre las 12:00 y las 13.00, su hora de descanso.
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Andrei se acercó a la escotilla de babor, limpió con una gamuza el cristal de seguridad espacial, le dio la espalda al sol para evitar reflejos, y cumplió su sueño.
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Arabia. Una gran mancha amarilla junto al Mar Rojo.
El Bósforo, una mezcla de azul verdoso con tintes grisáceos.
El Mediterráneo, una extensión de plata a contraluz.
Gran Bretaña, una perrita con forma de isla.
El Atlántico Norte, una cocina de tormentas, diseñadas por la mano del caos para contrarrestar las calmas.

El cerebro de Andrei tenía razón.
Había merecido la pena.
...

Sobre el Pacífico Sur vio una tormenta con forma de espiral sobre un archipiélago de cientos de islas.
Cualquiera se imaginaría que un objeto allá abajo, temblaría ante tanto movimiento en espiral, luchando por ser o no ser.

...

La Tormenta desplazaba el bote salvavidas de forma errática.
Igual avanzaba doce millas hacia el sur en media hora, que veinte millas hacia el noreste en cinco minutos.
La violencia del Océano era tan potente, que hasta las isobaras se habían escondido entre los pliegues de los mapas del tiempo.

Driver actuó por instinto.
Con la capota puesta, nadie iba a salir despedido del bote.
Pero los contínuos y poderosos balanceos, anunciaban que más pronto que tarde darían vueltas de campana, empujados por las olas gigantes.
Les puso a ambos enanos los chalecos salvavidas, y con cabos los ató a las escotas de seguridad que el bote tenía en su perímetro.
Luego fue a por Angel Rubio; era consciente que el ser más indefenso descansaba en su vientre.

"Evitemos golpes"

Angel Rubio asíntió y Driver se ató a las escotas, atando a su vez a Angel Rubio a su cuerpo, de tal suerte que el cuerpo de Driver amortiguara en parte los continuos zarandeos.

Driver pasó sus brazos por debajo de los de Angel Rubio, y agarró su cuello por detrás; con delicadeza y firmeza a un tiempo.
Angel Rubio apoyó su espalda en el pecho de Driver, colocó su trasero entre las piernas del camionero, extendiendo las propias al máximo, con el fin de ganar estabilidad.

Cuando el bote se zarandeaba, entre ambos se equilibraban, intentando minimizar las potentas sacudidas.
Y sobre todo el vientre, que nada golpeara el vientre de Angel Rubio.

...

Andrei, orbitando a treinta kilómetros de la superficie de la Tierra, se acordó de cuando era un joven aficionado al teatro, y recordó aquella obra donde un hombre con un cráneo humano en la mano, se preguntaba sobre la cuestión más importante que tratar se pueda plantear.

"¡Ser, o no ser, ésa es la cuestión!"

Justo lo mismo que estaba pensando Driver.

Mientras la driza de seguridad le deshoyaba la pierna izquierda.

...

Enanísimo, flotando entre corales, era ajeno a toda aquella lucha.

Dormitaba feliz, como si el destino de aquel bote, los pensamientos de Andrei, y el cráneo que sostenía el actor de Hamlet, no le importaran nada.

En esos momentos, enanísimo interpretaba el intenso palpitar del corazón de Angel Rubio, como un juego de ritmos íntimos.

Que eran,  o no eran.
Eran,  o no eran.

Para enanísimo, ésa era la cuestión.

Latidos.

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3 comentarios:

  1. Espectacular!
    (tengo que leerlo más veces para poder articular palabra y...... porque me ha enganchado)

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  2. Por un momento, el comienzo de este capítulo me recordó Gataca, una de mis películas favoritas.
    Después me recordó a nuestro astronauta, Don Pedro Duque, que en sus entrenamientos tenía que responder preguntas y resolver el cubo de rubik mientras lo hacían moverse con un tirachinas de forma aleatoria para soportar la ingravidez.
    Y después me recordó algo más, lo poco que somos los pobrecitos humanos cuando las fuerzas de la naturaleza se rebelan contra nosotros.
    Por suerte, esta historia tiene un guión (o al menos, eso espero), y estoy seguro de que tendrá un final feliz (también lo espero).
    Así mismo, tampoco tengo ninguna prisa porque llegue el final.
    Incluso, si hay una segunda parte, o cuantas partes sean necesarias.

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  3. Que buena idea lo del astronauta asistiendo a la escena desde lejos y el pequeñín desde el interior de su madre. Todas las perspectivas. Un beso.

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