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martes, 30 de octubre de 2012

TRANSOCEÁNICO.



TRANSOCEÁNICO


Apenas unos cientos de años desde el invento del telescopio, los humanos seguimos escrutando los cielos.

Nos preguntamos dónde reside nuestra alma.

Dónde el ángel que nos cuida, y nos sopla.


El Universo.

Una extensión inabarcable de espacio.

Millones de millones de cuerpos celestes.

Giran y giran.

Lo único que tienen en común es su esfericidad.

Son cuerpos yermos.

Sólidos o gaseosos.

Con trayectorias aleatorias.

Regidos por la Ley de Gravitación Universal.

Toda una señora.





Vivimos en la excepción.

El Planeta Azul.

Gracias a la atmósfera, los rayos cósmicos no nos devoran.

El agua, en sus tres estados básicos, sostiene la vida.


Nos preguntamos dónde viven los ángeles custodios, mientras que elevamos las cabezas hacia el cielo.

Y tan cortos somos, que no lo vemos.



Aire.Oxígeno, nitrógeno y argón.

Sin forma definida.

Ni color.


Os contaré la historia de mi abuelo Emilio.
En la década de los años 30 del siglo pasado, vivió la aventura de su vida.
Durante 8 años trabajó para la Compañía del Pacífico.Una empresa de transporte aéreo que operaba en el Gran Océano.

Volaban poderosos hidroaviones entre la costa oeste americana y el continente de Australia. Eran los tiempos de los pioneros.

Los principios básicos de la aeronavegabilidad no eran suficientes para salir vivos de la aventura.
Necesitaban además mucho instinto aéreo.
Sus vidas dependían de ello.
Allá arriba, donde los vientos gobiernan los avatares, no caben errores.

Si vas volando entre las islas de corales y se te ocurre empopar la nave contra el viento, tarde o temprano caerás al Océano.
Sin combustible.

Así que toda una generación de pilotos dedicaron sus esfuerzos al arte de la dinámica de fluidos.
Atentos a la temperatura exterior, régimen general de vientos entre continentes, alteraciones locales del rugir del aire.
De todos estos parámetros dependían los dos conceptos más importantes: autonomía de vuelo y sustentación aerodinámica.

Haz la prueba.
Cuando vayas en el coche saca la mano por la ventanilla y gírala.
Tus dedos se convierten en el alma de tu brazo.
La posición de la palma determina la facilidad o dificultad con la que atraviesa el fluido divino.

Es cuestión de posturas.

Mi abuelo Emilio aeronavegó el Pacífico por las rutas principales de la época.
Sobrevivió a los numerosos incidentes con los que se encontró.
Y me contó una historia de gaviotas.

...

Desde San Francisco hasta Sydney hay que navegar durante doce mil millas náuticas.
Los vientos favorables no están escritos en ninguna carta de navegación.
Hay veces que el camino directo es una trampa.
Y otras que a mil pies te puedes encontrar un torbellino laminar de aire frío, que si te viene de cola, vuelas que te las pelas.

Cada día es diferente.

El movimiento de rotación de la Tierra, la temperatura y la latitud, hacen que varíen estas corrientes poderosas.

Cuando despegaron de San Francisco, mi abuelo se fijó en un grupo de seis gaviotas.
Una pareja de adultos y cuatro crías.
Desplegaron sus alas al tiempo que los poderosos motores del hidroavión consiguieron elevar las sesenta toneladas de peso de la aeronave.

Las gaviotas se elevaron hasta los seiscientos pies de altura y pusieron rumbo oeste.
Mi abuelo siguió el mismo rumbo.
Por instinto.

Tras dos horas de aleteo, los dos adultos trazaron una trayectoria nueva.
Elevaron su aleteo hasta los ochocientos pies y se dejaron caer hacia el sur.
El abuelo las siguió, pese a las protestas del copiloto.

Tres horas después la cosa se complicó.
El viento empezó a venir de cara.
Rebasado el punto de no retorno, el único camino que quedaba era seguir.

Las dos gaviotas adultas incrementaron la frecuencia del aleteo, subieron a los mil doscientos pies.
Sus cuatro crías, dos machos y dos hembras, les emularon.
Y allí se lo encontraron.

Aire limpio.
Un chorro de oxígeno puro.
Treinta nudos de potente fluido divino.
De cola y en dirección oeste.


Sobre las islas de corales.
El mayor de todos los Océanos es atravesado por un grupo de gaviotas.
El torbellino ventoso clamaba bíblicamente.
Las aves comprobaron complacidas que la formación en V invertida era la más eficaz.
Esta frágil ave, creada por Dios para enseñar a rezar a los humanos, había encontrado la postura perfecta.
Las alas, ni muy desplegadas ni muy pegadas al cuerpo.
A esa velocidad de crucero la postura era aerodinámicamente perfecta.

Y en el torbellino de aire limpio, con el cuerpo estilizado al máximo, avanzaban en unos minutos el equivalente a una hora aleteando.
Mi abuelo las siguió.

Y allí, en medio del Océano Pacífico, guiado por una bandada de aves, descubrió la esencia de la vida.


La búsqueda de aire limpio.
Viento de popa.
Que nos empuja a cruzar los mares.

En solitario o en formación.



Oxígeno, nitrógeno y argón.
Sin forma definida.
Ni color.


Si quieres encontrar las cartas de navegación donde se describen los mejores vientos,
si realmente buscas a tu ángel custodio,
si estás dispuesto a luchar el tiempo que te resta por algo que merezca la pena…,
ni sueñes con encontrar una guía de vientos en las estanterías del Servicio de Meteorología,
ni un manual de navegación en las escuelas de pilotos.


Entra en una iglesia.
Fíjate en el Libro que el sacerdote abre cada domingo.
Escucha las historias que nos narra.
Allí están las coordenadas de vuelo.


Oxígeno en estado puro.
Capaz de empujar tu frágil alma.


Para que planee sobre el Gran Océano.


...




...

5 comentarios:

  1. Qué bonito. Hay que hacer caso a la naturaleza y a la eternidad. Un beso.

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    Respuestas
    1. Para eso hay que observar un montón, las estaciones, los cambios de color, las precipitaciones, los meteoros, las estrellas.
      Y observar despacio, sin prisas.
      Justo lo que ya tenemos medio olvidado.

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  2. Ayer fui a misa.Por desgracia, teníamos que despedir a alguien....otra vez.... y por más que escuché y escuché y por más que siempre que despido a alguien escucho y escucho no consigo pillar las coordenadas, ni las de los que se van ni las mías.
    Lo siento mucho, pero me resulta imposible.

    Aún así, embaucada por el precioso relato....como siempre...

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  3. La única vez que me han dejado hablar en un púlpito, fue en la Comunión de mi ahijado.
    Me subí y les solté a la chiquilleria un cuento sobre alguien que tiene un móvil, que no gasta, con el que puedes hablar siempre con un buen amigo, Jesús.
    Era una especie de metáfora sobre la oración.
    Los niños se rieron, y al sacerdote que era mayor, le extrañó mi comportamiento; y aunque no se molestó, tampoco se entusiasmó.
    ...
    Me gustaría, prima, trnsmitirte algo importante.
    Entiendo perfectamente que te resulte imposible pillar las coordenadas.
    Es completamente lógico.
    ¿Y sabes por qué? Pues porque no te las han sabido transmitir.
    Yo, tu primo de Madrid, voy a hacer un pequeño esfuerzo para decirte dónde está la esencia que nos empuja; eso sí, ten en cuenta que mis ejemplos son muy sencillos e infantiles, nada filosóficos, y mucho menos ortodoxos (es decir, no entran en la ortodoxia oficial).
    Un día de éstos te vas a llevar una sorpresa, pues aunque ahora lo ves lejos e imposible, te digo que tienes todos los elementos necesarios para ser una auténtica "buscadora de coordenadas".
    Al tiempo.
    Mis cuentos van precisamente en esa dirección.
    Creo.

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  4. A mi me gusta entrar en las iglesias. Y en las catedrales.
    De joven, me gustaba entrar en la catedral de Granada, a la hora de la misa cantada, a las diez de la mañana. La cantaban los curas en latín. Yo tenía que llegar unos minutos antes, para poder subir arriba, al órgano, con mi amigo Juan Alfonso (el organista). Allí arriba, mientras tocaba, le daba tiempo de hablar conmigo, hablábamos de muchas cosas, de arte, de literatura, de música, de folosofía, de los Beatles, de Bach, del destino de la humanidad, y demás temas de conversación típicos de intelectuales.
    Un día hablamos de las coordenadas esas que dices.
    Desde entonces tengo un libro en mi casa, que cada vez que lo abro, por cualquier página y me pongo a leer, descubro algo nuevo. Desde entonces no necesito entrar a la iglesia para que el cura me lo lea. Ya lo hago yo, por mi cuenta.

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