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martes, 20 de noviembre de 2012

SUEÑOS REALIZABLES ( 11): EL HOMBRE QUE CALCULABA.



Andaba un verano por tierras de Almería.
Es ésta una tierra africana que se desgajó de su continente, viniendo a quedar amarrada en la península ibérica.
El calor es intenso, el agua escasa, el polvo cubre los caminos, y el sol naranjea a cualquier hora del día, con una intensidad abrumadora.
Allí descubres que las aletas de tus narices se pueden mover como las de los reptiles, agrandándose por momentos para tomar el mayor volumen posible de aire.
La Luna, reflejo del desértico día, no es blanca; refleja en un azul anaranjado las radiaciones acumuladas sobre la tierra abierta en canal.
...
Fui con la familia a un pueblo, donde se vendía cerámica.
Al rato descubrí que todas las tiendas de cerámicas estaban repletas de turistas, que como nosotros se querían llevar un recuerdo para ponerlo en un aparador en Móstoles.

"Me voy a tomar un café, estoy por la Plaza".
Y me piré solo.

Entré en un cafetín de pueblo, donde los parroquianos amarraban sus almas en la tarde de un domingo cualquiera.
Me senté en la barra y me pedí un café.
Sin prisas.

Al fondo del local había un señor mayor delante de un tablero de ajedrez.
Los jóvenes del pueblo se afanaban en ganarle.
Uno tras otro.

Me informó el camarero que aquel señor era "el ruso".
Un científico de la antigua U.R.S.S., que tras dejar su tierra, recaló para siempre en Almería.
Vivía de forma humilde, en una casa a las afueras, donde parece ser que tenía todo lo que necesitaba.

No hablaba casi nada de castellano.
Pero a él no le hacía falta el lenguaje oral, ni el escrito.

Su fuerte era el lenguaje universal de las matemáticas.

Daba clases de matemáticas en el Instituto del pueblo, a un reducido grupo de alumnos aventajados.
Se me informó que uno de sus alumnos consiguió una medalla en las últimas olimpiadas matemáticas, gracias a la resolución de un problema de máximos y mínimos, para cuyo planateamiento había que tener mucho sentido común.
También les hablaba de la Mecánica de Newton y de sus aplicaciones en la carrera espacial.
Se le iluminaban los ojos.




Aquel hombre tenía su casa llena de libros de la Editorial Mir, la auténtica cuna de las matemáticas puras, las que se aprenden a doce grados bajo cero, mientras que tras la ventana la estepa siberiana grita al viento.

Me puse en una cola de adolescentes, para jugar una partida de ajedrez con el ruso.
Si perdías, pagabas su café.
Si ganabas, te hacían un homenaje, pues hacía tres años que cada domingo se repetía la ceremonia ajedrecística en aquel bar, pero nadie había conseguido ganarle.

Cuando me llegó el turno, me senté delante del ruso, hice un pequeño gesto de saludo, y moví el peon del Rey.

El ruso no me miraba. Estaba concentrado en la posiblidad de avanzar su álfil negro, en la jugada de dentro de veinte movimientos.
Mientras, yo sudaba analizando lo que podría pasar de aquí a tres tiradas.

No me ganó, me machacó de forma concienzuda, implacable.

Sus piezas se movían según una sinfonía clásica.
Las mías, parecían salir corriendo en todas direcciones, tras la explosión de un misil sobre el tablero.

Perdí, pagué el café y me dispuse a observar la próxima partida.

Me senté de forma que pude verle los ojos.

Eran claros y transparentes.
Reflejaban los conocimientos necesarios para poner en órbita el primer Spuknic.
Pertenecía aquel hombre a una generación, donde las fronteras entre el álgebra, las matemáticas, la música y la ingeniería, estaban difusas, alcanzando un todo en el conocimiento, donde las materias estaban relacionadas de raiz.

En su chaqueta asomaba una regla de cálculo, un instrumento de madera que hacía las veces de calculadora básica, antes del descubrimiento de las calculadoras digitales.

Y entonces me dí cuenta, que aquel hombre, con un simple instrumento de madera, estaba más cerca del conocimiento matemático, que los programadores de IBM.

Y sí, entonces fue cuando me empeñé en despedirme de él, dándole la mano.

El hombre que calculaba, el que me acababa de destrozar al ajedrez, el que había buscado refugio en una tierra desértica y lejana a la suya, me dirigió la palabra:

"Señor, cuando juegue, busque la armonía. Todo es armonía"

...

Y me fui del pueblo, camino del apartamento.
Pensando en eso de la armonía.

...

Aún hoy, cuando mis piezas salen despavoridas por el tablero de la vida, pienso en ella.

La armonía del hombre que calculaba, con los ojos iluminados.

....



...

4 comentarios:

  1. Como te iba diciendo, cada día me juego el campeonato del mundo de Karpov contra Kasparakov.
    Este último soy yo.
    Mi contrincante, el dueño de un bar de menús, que además, es técnico de electrónica, de frío industrial y algunas cosas más. Tenemos en común un amigo ruso, pero por desgracia, no sabe nada de ajedrez, se ve que ese día faltó a la escuela.
    Me refiero al día en que enseñaron lo de la armonía.
    Vivir en armonía!
    Qué cosa tan utópica, y a la vez, tan sencilla de comprender.
    O será imposible de comprender?
    Debería ser asignatura obligatoria.



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  2. Ignoro completamente qué es eso de la armonía.
    Supongo que lo más cerca que he estado ha sido dibujando al aire libre, o buceando en alguna cala perdida, o escribiendo un cuento para alguien en concreto.
    Bueno, también observar los cuadros de Velázquez me proporcionan paz; recrearme con planos de construcciones antiguas y leer libros de arte.
    Bañarme con mis hijas también.
    Y que me encarguen algún cuento para leer en un homenaje a alguien, también.
    Algunas homilías de curas jóvenes.
    Moby Dyck.
    Los pasisajes urbanos de Antonio López.
    Los planos de Ferraris de Pirinfarina.
    La Capilla Sixtina.
    La iglesis de Andrea al Quirinale en Roma.
    El puente colgante de Bilbao.
    Las perspectivas urbanas de Ronda.

    La mirada de una mujer latina.

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  3. No tengo tiempo ni de leerte......me dejas que acumule la lectura para el fin de semana??? ¿Así....con calma??

    Que majete eres primo, te voy a regalar un rascador de espalda.....son muy útiles!!

    Besosss ( y pa Rojo también!)

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    Respuestas
    1. Besos para ti también.
      Y no te ansies, no olvides nuestro famoso refrán:
      Deja para el fin de samana lo que no has hecho en todo el año.
      Aunque a mi me gusta más este otro:
      Deja para el año que viene lo que ibas a hacer el fin de semana.
      O incluso este, el mejor de todos:
      No dejes para el fin de semana lo que puedes hacer en los próximos años.
      ....
      Qué lío, yo creo que lo mejor es dejarlo todo para el año que viene, y el fin de semana, dedicarlo a actividades instructivas, como por ejemplo, escribir micro-relatos.

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