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sábado, 13 de junio de 2015

VUELVE ELLA ( I )




A veces ocurre.
Le enseñas a tu propio hijo a jugar al ajedrez; y al final es él quien te enseña a ti.
...
Lux había sido derrotado por su hija, y tenía un buen cabreo.
¿Pero quién es esta chica para atreverse a ganar a su propio padre ?
¿ No se ha enterado de que hay cosas que no están permitidas ?
...
Como padre que soy, me sentí totalmente identificado con ese padre destronado, con el progenitor vapuleado; con esa sensación de derrota universal que flotaba en el ambiente.
Así que me presté a ayudarle, de la mejor de las maneras.
En el amor y en la guerra...
Todo vale.
...
Le pusimos a Lux un pinganillo en el oído; nos ubicamos en un hotel cercano, que hizo las veces de cuartel general; y allí reuní a un buen número de expertos rusos.
¿ Objetivo ? Entre todos íbamos a machacar a esa chiquilla.
No, no se trataba de ganar simplemente, queríamos darle la paliza de su vida.
...
La venganza, ese vértigo veloz que te lleva donde tú te has imaginado previamente.
La satisfacción de derrotar al enemigo; sentirse fuerte, poderoso, asesino, victorioso.

Todos hemos sentido alguna vez ese deseo incontrolable de derrotar al otro, esa necesidad de volver a oler la sangre fresca de tu oponente; esa irracionalidad extrema que nos recuerda que somos carnívoros.

Con los ojos encendidos por la venganza; con ese brillo característico del asesino en serie; con esa vitalidad renovada que te da imaginar al oponente tendido en el barro..., Lux, el que hasta entonces se había comportado como un padre ejemplar, movió el primero.

Peón cuatro rey.
...

Ya no había vuelta atrás.
Había empezado la partida del siglo.

... (continuará )...


4 comentarios:

  1. ¡Magnífica apertura, Driver!

    Me ha gustado mucho también la fotografía con la que ilustras tu cuento: Bobby Fischer contra Boris Spassky. Bueno, contra Boris y contra el mundo, porque aquello resultó un épico Bobby contra mundum.

    Era la Guerra Fría, y en la pacífica Reikiavik de hace 43 años tocó librar la batalla más enérgica, despiadada… e incruenta. Fue, sin duda, El duelo del siglo (XX).

    Entonces yo era un niño y ahí empezó mi afición por el ajedrez. Hoy, pese a los años transcurridos no paso de ser un patoso peón correteando por el tablero. Y es que nunca estudié en serio de escaques y trebejos. Pero siempre los disfruté. Con eso me quedo.

    En fin, Driver, que espero con impaciencia el medio juego y desenlace del cuento con suspense con el que tan generosísimamente me honras.

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  2. También soy de los que disfruta jugando, aunque en mi caso deberían establecer un criterio de puntuación ELA negativo; pues soy más malo que la quina.
    A pesar de mis limitaciones he podido jugar partidas interesantes.
    Recuerdo la partida de mi vida. Estaba de vacaciones familiares en Almería; y mi querida esposa tuvo a bien batir el récord mundial de ver tiendas de cerámica en un pueblito de la costa.
    Allí fueron a parar muchos rusos tras la caída de la Unión de Repúblicas Soviéticas, atraídos por el magnífico clima.
    Desistí de seguir viendo cerámica tras la atenta visita a tres establecimientos, y solicité licencia vacacional.
    Mientas mi mujer seguía un máster sobre tiestos, gres y tierras rojas, yo acabé donde suelo acabar: en un bareto.
    Me pido un cortado y observo a un grupo de parroquianos que situados alrededor de un señor mayor con sombrero de paja, jugaban al ajedrez.
    Me informo a través del dueño del local; que ese señor es "el ruso".
    Un hijo de la República Socialista que recaló en Almería e hizo de aquella árida tierra su nuevo hogar.
    Como la cabra tira al monte, el ruso le tiraba al tablero de ajedrez; retando a quien quisiera a jugar.
    El ruso no había perdido ni una partida en los ocho años que vivía en España, y su fama se había extendido por toda la comarca, de tal suerte que los sábados se reunían en aquel bareto los aficionados al ajedrez de la zona con una única finalidad: tumbar al ruso.
    Las partidas eran rápidas y sólo había que cumplir una regla. El que perdía pagaba la consumición propia y la del ruso; ardid usado por el dueño del local para mover el negocio.
    El jodido ruso hacía ocho años que no pagaba ni un café.
    ...
    Así que me puse en la cola de jugadores, dispuesto a pasar un buen rato, y en el peor de los casos pagar un café.
    Antes de mi turno observé como el ruso se lo comía todo; todito.
    Al farmeaceutico del pueblo, a unos chavales que habían venido en moto desde un pueblo cercano, al profesor de matemáticas del instituto y a un mecánico de coches gran aficionado al juego.
    ...
    Cuando me tocó el turno, me senté frente a él con respeto, le saludé en español y él me miró con la profundidad característica de quien te mira desde Vladivistok.
    ...
    No me ganó, me derrotó en un plis-plas; con una serie de movimientos que más parecía que me enfrentara al Ballet del Ejército Ruso; que a un jugador de ajedrez.
    ¡ Cómo movía las piezas !
    ...
    Pagué religiosamente la consumición; y dejé que la siguiente víctima ocupara mi asiento.
    ...
    "Dice que lo hace para sentirse vivo", me comentó el camarero.
    ...
    Recogí a mi mujer y a un tiesto de tres mil toneladas; depositándolos con afecto en el coche.
    Mi costilla me preguntó: "¿Qué tal la tarde?"
    Y yo, como no se mentir, le dije la verdad.

    "Bien, me acaba de arrollar el Transiberiano; y mis tripas han quedado dispersas entre Los Urales y Siberia"
    ...

    A veces, perder puede convertirse en un placer.

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  3. Driver, los jugadores llamados de casino (personas no duchas en los circuitos oficiales pero que están todo el día con el ajedrez dale que te pego en los bares) te pueden pegar un revolcón tela de principal si la partida se establece de las rápidas.

    Driver, ¿el ruso tenía la ventaja de salir siempre con blancas? ¿El reto era a una sola partida? ¿Podía pedírsele revancha cambiando los colores?

    Ayer mismo, a las tantonas, jugué por la Internet (a 15 minutos) con un estadounidense negro, muy gordo y con gafas (tenía foto en su perfil).

    Él jugó con blancas, se movía por el tablero como una certera pluma asesina y tenía una vista que olía el peligro antes de que éste quisiese apenas serlo. Efectivamente: me puso bocabajo sin piedad. No mercy.

    Me dio gustirrinín perder, no creas. En las derrotas (que nunca gustan) es cuando más se aprende (que es lo que más gusta).

    Pero cuando abandoné le pedí la revancha, y el muy cabronazo declinó. ¡¡Eso no se hace!! ¡¿Dónde quedó la caballerosidad?! ¿Qué ha aprendido, aparte de ganar, del ajedrez el tipo éste?

    Total, que como me quedé más encendido que la Roma de Nerón me puse a ver una película sobre unos viejetes (Diane Keaton y Morgan Freeman quieren vender su apartamento en Brooklyn, pues carece de ascensor). Película bastante regulera, la verdad.

    Y con las primeras luces, derrotado en todos los sentidos, me fui a la cama bien satisfecho, pues que en la noche del sábado al domingo puedas perder el tiempo de esta impresentable y superficial manera, ¿no es acaso un regalo raro y magnífico?

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  4. Esta mañana estuve en la central de la Espasa Calpe buscando un libro sobre la técnica de la aguada. Al final lo encontré por diez pavos; de esos de la editorial Parramón, unos tipos que han enseñado a pintar a medio mundo.
    La librería es impresionante; cinco plantas y un bar.
    Tiene una sección dedicada exclusivamente al ajedrez, con un empleado especializado en el tema, que sabe más que las ardillas colorás.
    Le pregunto si tiene el libro "Las grandes partidas de Lux y su hija".
    Tras consultar su base de datos, se rasca con preocupación la cabeza y me inquiere buscando un hueco en mi defensa de gambito:
    "¿Lux, qué?"
    "Lux Antolov 1910-1998" - respondo con seguridad-
    Me lanza un ataque combinado de alfil, dama y peón.
    "De los Antolov rusos o de los Antolov ucranianos".
    Decido enrrocarme y que salga el sol por Antequera.
    "De los Antolov de Sevilla"; respondo abriendo una brecha en mi defensa.
    El tío se pica y me saca un libro titulado "Grandes maestros rusos exiliados en occidente" ; tenga, busque usted mismo; no le extrañe que se haya cambiado de nombre, costumbre muy habitual entre estos tipos.
    Me tenía acorralado y faltándome tablero, piezas y estrategia, lanzo a todos los peones directamente contra su rey, como si se tratara de acorralar a un soberano con una clase de primero de primaria.
    "Ya, pero estos son de antes de la caída del muro de Berlín, y Lux emigró después".
    Jaque. El tipo empezaba a sudar.
    ...
    Mire, casualmente viene por ahí el presidente de la federación madrileña, muy amigo mío; vamos a preguntarle.
    " ¡ Glub !, creo que pediré tablas "
    ...
    " ¡ Manolo, este señor pregunta por un libro de un tal Lux y unas partidas con su hija, a tí te suena ? "
    ...
    Jaque mate en tres jugadas.
    Hago como que me llaman al móvil y hablo alto:
    " Luuuux !. sí diiimee; que no encuentro tu libroooo "
    " ¿Cóoomo, que no lo distribuyen hasta pasadooo el veranooo ?"
    " ¿Vale, ahora lo entiendo, porque esta gente no lo tenía ! "
    ...
    Tablas acordadas en el último segundo.
    Y muy pillado por el cronómetro.

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