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sábado, 19 de diciembre de 2015

TEATROS REALES




La cosa fue así.
Al final de la Legislatura del señor Zapatero como presidente del gobierno, se organizó un acto protocolario de Estado en el Palacio Real.
Se trataba de que Suecia pasaba el testigo a España de nosequé historia de la Comunidad Económica Europea.
Se había invitado al acto a unas tres mil quinientas personas, lo más granado de la sociedad española estaba allí.
El Rey de España, Zapatero, ministros, subsecretarios, directores generales, embajadores, militares y demás personalidades.
Debido a un grave fallo en los servicios de protocolo y por casualidad, fui invitado y asistí.

Yo era un pulpo en una garaje. No conocía a nadie, excepto a los camareros que repartían los canapés con quienes entablé una rápida y profunda amistad, totalmente interesada por mi parte, pues venía de currar y no había cenado.
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Fue un gran espectáculo; con discursos y actuaciones musicales a nivel internacional.

Al final de los actos protocolarios y tras una actuación del Ballet Nacional; tocaron el himno nacional español.
Se trataba de una banda de chicos jóvenes, pertenecían a un destacamento de la Guardia Real.
Por sus edades y caretos me recordaban mucho a los chavales que salen tocando el tambor y las cornetas en las procesiones de mi pueblo.
Tenían un gesto de muy cansados; se habían levantado a ensayar temprano y ya eran las nueve de la noche. Unos yogurcines de ambos sexos a quienes ese día se la habían liado.
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Tocaron muy bien; y yo me lo creí.
En cada uno de sus soplidos y percusiones se escondía un chico o una chica de barrio, dispuestos a dejarse los pulmones y declarar la guerra al mundo a base de música.
Sonido nítido y energía juvenil a un tiempo.
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Me gustaron.
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Finalizado el acto se procedió a agasajar a los presentes con una cena fría a base de canapés y refrescos.
Mi reciente amistad con el camarero de nombre Manolo llegó a su zénit.
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La cena fría fue ocasión propicia para desarrollar relaciones sociales de alto nivel.
Tras diez minutos descubrí perplejo que ningún presidente de gobierno, embajador, ministro, subsecretario, director general o miembro del gobierno pasaba a saludarme.
Aunque estaba rodeado de una muchedumbre, los que realmente estábamos allí éramos Manolo y sus canapés y los jóvenes miembros de la Banda Real.
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Así que lo tuve claro.

Tras contarle un chiste de dudoso gusto a Manolo, éste me aprovisionó de una bandeja de canapés que habían sido pagados por ustedes con sus impuestos, queridos lectores.
Me acerqué al sargento del ejército que dirigía la Banda Real, y en un tono contundente y humilde a un tiempo,  le solicité permiso para felicitar a la muchachada.
Tras la obtención de la autorización oficial me encaminé con la bandeja de canapés hacia las personas que me habían emocionado con su impetuosa juventud.
Eran una veintena.
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Cuando hay un mogollón de gente con chaqueta y corbata, resulta complicado distinguir al embajador de Noruega de un mindungui cualquiera. Creo que el concepto se llama mimetismo escénico, o algo así.
El siguiente movimiento no me ocasionó problema alguno, pues salvo Manolo, allí no me conocía ni el Tato.
Uno a uno saludé afectuosamente y le di la mano a todos y todas los miembros de tan juvenil banda, indicándoles que les felicitaba en nombre del Gobierno; les informé que su interpretación del himno nacional me había parecido muy meritoria.
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Para reafirmarme en mi agradecimiento les proporcioné a cada uno de ellos, a la par que mi mano, un par de canapés que ellos tardaron apenas unos segundos en devorar con fruición y encomio sincero.
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Cuando acabé, el Sr. Manolo, un camarero de Vallecas que fue pieza fundamental en el tema logístico canaperil, me preguntó con sana curiosidad:

Y usted ¿quién es?
Y yo le dije la verdad.
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Un mindungui que se ha emocionado viendo tocar a estos chiquillos.

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¿Sentimiento patriótico?, me preguntó Manolo.
No exactamente, le respondí.
Creo que de todos los que estamos aquí; esos chavales son los más auténticos.

Manolo los miró detenidamente y contestó:

Yo creo que también.

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1 comentario:

  1. Ya me contaste alguna vez este episodio, y te confieso que yo también lo cuento a veces, diciendo que tengo un primo que hace estas cosas.
    Te digo esto, porque quiero que sepas que me siento orgulloso de tenerte como primo.
    Un abrazo.

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